Usa protector solar

 

Esta es la famosa columna de Maria Schmidt, publicada el 1 de junio de 1997 en el Chicago Tribune, convertida en videoclip por el director de cine Bazz Luhrmann (el de Moulin Rouge). Su título fue «Advice, like youth, probably just wasted on the young» pero se popularizó como «Wear Sunscreen», «Usa protector solar». En ella se daban consejos sobre como aprovechar la vida y la juventud, y merece la pena.

 

 

Korn (1994). XX aniversario del género maldito

korn

 

Aunque haya pasado bastante desapercibido al menos en nuestro país, el pasado día 11 de octubre se cumplieron veinte años de la publicación del disco debut de Korn, de idéntico título, que sentaría las bases para el gran movimiento musical del final de la década de los 90. El New-Metal (o Nu-Metal).

 

Género maldito donde los haya, fue la prolongación natural del Rock Alternativo que reventó la escena en 1991 con el Nevermind de Nirvana (algunos remontan la fecha a 1989 citando a unos pioneros Faith No More, Jane’s Addiction o Red Hot Chili Peppers) y que aunque en aquellos años de Crossover pasó un tanto desapercibido debido a la infinidad de discos fundamentales de la época, lanzó a los californianos Korn al Olimpo del Rock por méritos propios muy poco tiempo después.

 

Musicalmente, el Nu-Metal tiró de las dos corrientes coetáneas inmediatamente anteriores y le dio un sabor único con grupos que fueron desde la ortodoxia de Deftones, Limp Bizkit, Soulfly, Slipknot o los propios Korn, a la heterodoxia de otros nombres que pasearon su sonido en un determinado momento de sus carreras a este lado del Rock. Sin System of a Down, Machine Head, Papa Roach, Incubus o incluso Tool, hoy no concebiríamos el Metal de la misma manera.

 

La primera corriente musical estaba representada por la fusión entre Rock, Funk y Rap y estaba más que consolidada con grupos punteros como Red Hot Chili Peppers y Rage Against the Machine. La ruptura abismal con los moldes tradicionales del rock duro y el heavy metal que consiguieron estas bandas, hizo que se abrieran las mentes de las nuevas generaciones tanto de artistas como de público y crecieran exponencialmente las posibilidades de gestar nuevos sonidos. Por otra parte Sepultura había abandonado tiempo atrás el Thrash de sus inicios, y Pantera había hecho lo propio con el Glam, para adentrarse ambos en un sonido más pesado y abrupto, más sucio y demoledor conocido como Groove Metal. El coqueteo de White Zombie y Nine Inch Nails con los sonidos industriales, terminarían de definir este nuevo estilo.

 

Con estas herencias, Korn fue pionera y adelantó su puesta de largo un año al Adrenaline de Deftones y tres al Three Dollar Bill, Yall$ de Limp Bizkit. La particularidad vocal del cantante Jonathan Davis, los riffs asesinos de las guitarras de Munky y Brian Head, las hipnotizantes líneas del bajo de Arvizu y su peculiar manera de tocarlo, y la pegada seca de la batería de David Silveria hizo del quinteto una furia salvaje. Quedarán para la posteridad el baqueteo del ride de la batería de David y el riff de guitarra de Munky con los que empieza Blind, corte con el que abre el disco, y primer single de la banda.

Cambios de ritmo constantes, actividad frenética en el escenario, y una temática basada en los miedos de la infancia y en los traumas creados por un entorno socio-familiar no favorable, cuando no se jugaba con sacar las lecturas más oscuras de las clásicas canciones infantiles, Korn superaron la temática satánica que Black Sabbath inaugurara décadas atrás. El Heavy Metal ya no necesitaba hablar del Diablo, la Guerra o la Muerte para causar miedo, el miedo estaba dentro de cada uno de nosotros, y la portada del disco era lo suficientemente estremecedora a ese respecto (queda reflejada la alarma social creada por el reciente caso del pederasta de Ciudad Lineal). https://encrypted-tbn2.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcQoEikGC6VjNXAuZ6LuaIPoKqqjhyCJp7Tuw0_hXCLv0AAp8FJy

Shoot and Ladders

 

 

Al tiempo, forjaron una nueva estética alejada del cuero, las cadenas, las serpientes y los pinchos, mucho más acorde con los nuevos tiempos, es decir, ropa deportiva y muy ancha con influencia del hip-hop, nuevas materias textiles, nuevos colores y una nueva producción con todos los instrumentos en un primer plano auditivo, a cargo del gurú Ross Robinson, que hicieron que el futuro cayera de su lado. En el tiempo que va desde 1994 hasta la publicación de su tercer trabajo, Follow the Leader (99), se situaron como número 1, y despacharon cinco millones de copias tan sólo en EE. UU (posteriormente Chocolate Starfish & the Hot Dog Flavored Water, 00, de Limp Bizkit vendió un millón de copias en su primera semana). La locura se había extendido por todo el mundo, llegando incluso a nuestro país, de la mano de bandas como Hamlet, Skunk D.F., Kannon, Coilbox o incluso algún guiño de Sôber en sus inicios.

 

Éxito mundial , Freak On A Leash

Hamlet, la versión española

 

 

Sin embargo, fue un género maldito que cosechó numerosos enemigos en la comunidad rockera, que sintió como si tuviera el enemigo en casa. Peor que Ricky Martin, Enrique Iglesias o Shakira, ver a estos metaleros en chándal destrozando las estructuras en las que se había asentado el Heavy Metal hasta la fecha, fue peor que una estacada a traición. Además, el hecho de que mayoritariamente fuera un público joven el que demandara este nuevo estilo, hizo crecer el menosprecio que sentían los mayores que habían bebido de Led Zeppelin, The Rolling Stones, AC DC o Iron Maiden, ni más ni menos. Al ser un sub-género musical tan definido, lo amabas o lo odiabas con todas tus fuerzas, y eso es lo que lo hizo realmente icónico. Chándal-Metal fue el insulto más extendido a este estilo, ganado a pulso por sus protagonistas, y no sólo por la vestimenta, es que Korn tituló en su segundo trabajo una canción como A.D.I.D.A.S. (acrónimo de All Day I Dream About Sex) y firmó un suculento contrato con Puma poco después. Y fue uno de los aspectos que seguramente acabaron con la trayectoria de este género emergente. Al ir madurando, casi todas las bandas fueron despegándose renegando del Nu-Metal, y buscando otros matices en sus canciones. Si a eso le añades la facilidad de hacer amigos de una de sus principales estrellas, Fred Durst, el controvertido y a menudo bocazas cantante de Limp Bizkit, quien se peleó con todos los habidos y por haber, pues prácticamente para 2002 el Nu-Metal se encontraba practicamente de retirada, sepultado por la emergencia del rock escandinavo, el eterno revival garajero, y el sonido stoner, y la gran vuelva del Heavy Metal clásico, que volvió para vivir otra década dorada. Una retirada que hasta la fecha hemos visto definitiva.

 

Respecto a Korn, lo mismo, veterana y respetada banda, con los galones ganados a pulso, pero con poco nuevo que ofrecer. Con el batería fuera del grupo tarifando sobre sus ex-compañeros, el guitarrista Brian ‘Head’ reconvertido en iluminado cristiano tras haber superado su particular pozo de depresión y adicciones y alejado del mismo hasta recientes fechas, un par de premios Grammy’s, y extremos musicales como el de coquetear con la electrónica de Skrillex en los últimos tiempos… la biografía de Korn al menos sí ha dado para dar suculentas y jugosas páginas en la prensa musical americana.

 

Hoy en día podemos decir que no pasarán a la posteridad por ser en la actualidad el grupo de cabecera de innumerables legiones de seguidores, pero sí es injusto no reconocer la vibrante efervescencia de los primeros años de su carrera. Disfrutemos y hagámonos un poco más jóvenes recordando este disco en su discreto XX aniversario.

 

Clown.

Desakato, adictos a la adrenalina

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Cuando tienes los huevos canos de escuchar tantos discos e intentar escribir unas líneas interesantes al respecto, corres el riesgo de repetirte más que la cebolla, seamos sinceros. Pero coño, les pasa lo mismo a los grupos, y es que es complicado aportar algo diferente en esta sociedad sobreinformada. Por eso es bueno dejar tu imaginación en barbecho una buena temporada y sólo soltarte cuando aparezca algo que te remueva por dentro.

Y sí, Buen Viaje (El Garaje Producciones, 14), el nuevo disco de Desakato lo ha hecho. Porque mola ver que un grupo se mantiene fiel a sus directrices inicales, sin importarle inyectar los cambios que la madurez te aporta. Coincidí con ellos hará poco más de 5 años en un Derrame Rock, cuando ya eran una banda con gran proyección en Asturias pero aún tan jóvenes que no dejaban de ser una copia de sus mayores. Canciones como Nuestra oportunidad o Kien okupa bebían del hardcore-metal contemporáneo, de Boikot, S.A. y Hamlet entre otros, poniéndole criterio y ganas. No sólo el uso del idioma astuarianu o del instrumento tradicional por excelencia de su tierra, la gaita, le daban una personalidad que hacía verlos con buenos ojos, canciones como Libertad, Cada vez (el principio) o Frío de Xineru hacían de Desakato una inteligente formación capaz de componer baladas de muy alto nivel (sacar una lenta del rock patrio suele sonrojar al compararla con las de otros estilos) y muy comprometida emocionalmente (Los mineros). En esto llegó Inercia (12), su disco adulto, en el que se permitieron el lujo de esgrimir todo el músculo del que gozaba por entonces el sexteto. El resultado, un álbum muy maduro, con temazos como los singles Iceberg y Cuando salga el sol, en el que la banda se plantaba como un referente a nivel estatal.

Por eso el trabajo que acaban de publicar era una agradable incógnita, pues debía mantener el tipo, y vaya si lo ha conseguido, sobre todo a nivel musical. Porque si Inercia fue un disco de punk-rock en toda regla (con una fuerte base de metal), que si pecaba de algo era de ser quizás demasiado homogéneo, en Buen Viaje el álbum se transforma en un recorrido sonoro que les permite evolucionar a cotas donde pocos grupos del panorama nacional a veces llegan. ¿La clave? Me apuesto mis ya citados huevos canos a que han escuchado mogollón de música al margen de lo que aquí se cuece, y baste para ello ver la imagen que tienen actualmente (gran espejo del alma). Por eso te llevan del fuzz salvaje al punk melódico de Héroes, a la intensidad del ritmo pesado, casi stoner de Pánico en Frankfurt (adicto a la adrenalina se debería llamar). A la buena vibra de sus temas más asturianos, como La Tormenta, con la gaita subida al volumen 12, una canción super punk-rockera. Sin olvidarse del hardcore crudo de Trompetes de Xericó, o del rock de vieja escuela, el de Combustión, que arranca echándole un ojo al sonido clásico de La Fuga, pero que le añade una batería y un bajo incendiarios, y soltar así toda la mala ostia que le confiere a Desakato el hecho de contar con dos cantantes, una de sus mejores bazas de siempre.

El punk más clásico, coreable, aparece con colaboración de Fernando Reincidentes y Vikingo de Narco, y viene de la mano de La ira de los hambrientos, otro temazo del copón, que en este disco abundan. Y encarando el final del disco, justo después, otro medio tiempo, Batalla final, de los que no avergüenzan, que abre paso elegantemente a Cacería, muy en la línea de Combustión y los hambrientos, y La Noche (versión de los también asturianos Aprieta L’Kulo) y Ritual que cierran el compacto en la misma tónica, dejando un corte oculto al final, una canción acústica que habla con nostalgia de una casa de madera y de unos secretos perdidos con la infancia, y que pone una guinda espectacularmente bella al pastel.

Y da gusto cuando ves que las nuevas bandas (no tan nuevas en trayectoria evidentemente, sí en cuanto a repercusión porque aún les queda mucho por crecer) no se limitan a repetir patrones. Que crecen sin tapujos hacia lo que creen que su madurez compositiva les tiene que llevar, sin dejarse llevar por el público, que suele ser el peor de los dictadores. Les pediría que para el próximo hicieran las maletas y grabaran en América que la jugada a Berri Txarrak (Steve Albini y Ross Robinson) les ha salido de la ostia.

 

Lo dicho, Desakato molan, pero es que con este disco, mucho más.

Sôber: El despertar de los grandes

@javier bragado

@javier bragado

A falta de una renovación urgente en el rock de nuestro país, por lo menos da gusto ver que los grandes siguen reinventándose y con poquito demuestran que mantienen el tipo en estos tiempos duros que corren. Sôber, junto a Soziedad Alkoholika y Hamlet, han definido en estas últimas décadas los derroteros por donde debía discurrir el metal -o rock duro- en España y año tras año nos enseñan a valorar la suya como una apuesta segura.

 

En el caso de Sôber, son ya cuatro años desde que Jorge Escobedo, Carlos Escobedo y Antonio Bernardini (con Manu Reyes Jr. a las baquetas) decidieran limar asperezas del pasado y retomar el grupo. En este tiempo les ha dado a editar un grandes éxitos muy cuidado (De aquí a la eternidad, 10), su primer álbum inédito (Superbia, 11) desde que se reunieran con su correspondiente gira, un tour aniversario de su álbum más emblemático, el disco con el que empezaron todo (Morfología, 99) y ahora por último, su nueva entrega, Letargo (estrenan discográfica, Warner, 14), un trabajo que de primeras les sube un peldaño. Acaban de demostrar que no venían para hacer un par de galas y pasar por caja, sino que a los madrileños les quedaban aún muchas cosas por decir. Bien, porque hemos salido ganando.

 

Mola descubrir que en esta ocasión han variado las tornas de una dinámica curiosa que siempre les ha ocurrido -inconscientemente es de imaginar- y que les ha hecho ganar enteros. Si uno se para a analizar un poco el pasado discográfico de Sôber, y desprendiéndonos de su primer trabajo, donde el tanteo es evidente ya que aún no habían descubierto su sonido, vemos que siempre repitieron patrones. Synthesis (01) no dejó de ser una continuación conceptual de Morfología, y del mismo modo, lo que pasaba en Reddo (04), ya se había contado antes en Paradysso (02), es decir, los mejores discos del grupo, los más especiales, llegan cada dos trabajos. Pero vino el parón, y tras él Superbia. Entonces, lo que sucedió antes, en esta ocasión pasó de manera inédita. La creatividad del grupo invirtió sus papeles y ahora vemos que Superbia, un trabajo que se estancaba por momentos, ha pasado a ser una antesala de Letargo, un disco más maduro, más variado y con mucho más acierto en la producción.

 

La clave ronda por estas tres vertientes y a lo largo de sus 12 canciones (rompen el círculo de las 11 composiciones con que siempre firmaban sus discos) vemos un impulso dinamizador del que carecía su anterior. Si empezamos por la madurez, se desmarcan por primera vez con una obra conceptual. Todo el disco está hilado de principio a fin, y de hecho el final del mismo te remite ineludiblemente al principio como en un bucle. Durante el tiempo que dura el compacto hablan, como siempre en mil lecturas diferentes para que cada uno se la pueda llevar a su terreno, de un doble despertar. Por un lado individual -o como grupo de rock-, en el que como el oso de la portada, obra del propio Bernardini, tras un periodo de encierro en el que han aprovechado para descansar y dar nacimiento a este nuevo trabajo, despierta con los nuevos rayos del sol que anuncian la primavera. El afán de superación, de lucha con uno mismo, son claves para entender a estas alturas toda la discografía de Sôber. Pero por otro lado, colectivo, en el que se diferencian con un mensaje más marcado socialmente, aportando su pequeño grano de arena al momento vital que como nuestro país estamos soportando.

 

La producción mejora el conjunto. A diferencia de Superbia, que languidecía en la segunda parte debido a un trabajo excesivamente homogeneizador, Letargo presume de haber cuidado los detalles. En los arreglos, en los espacios…, en definitiva, en la capacidad de escucha y el poder sorprenderte con cada nueva vuelta que le des al disco. Hay momentos metaleros, otros más rockeros, incluso orquestados… y todos tienen su protagonismo. Y eso hace que las canciones crezcan. Al igual que hicieran en su anterior entrega, rebuscan en su propio pasado y lo hacen por ello fresco. Canciones como Blancanieves y Encadenado beben de los Sôber de la etapa de Gran Vía Musical (Muxxic), los años en donde su éxito fue mayor y se acercaron al mainstream. Actualmente es la base sonora de la formación madrileña y es en esos parámetros donde se van a mover, por lo que por ese lado nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, el camino está jalonado de acertados quiebros, como Insecto, que tiene unas claras influencias de Skizoo, la banda que los guitarristas Jorge Escobedo y Antonio Bernardini formaran en el ínterin del parón de Sôber; o Fugaz, que en cambio, recuerda a los primeros hits de la banda como Predicador, Loco o Cubos, y es un golpe de aire refrescante; Capricho por su parte, desprende en sus arreglos la mejor orquestación del metal sinfónico europeo; si me apuras en Mañana, el metal duro con el que caracterizan normalmente su sonido deja paso a un rock enérgico de grandes coros rollo U2 o Foo Fighters (sonando a Sôber, ojo); y sin olvidarnos de Morfina, un desmarque escondido casi al final, de muy poderoso punch.

 

Sôber a estas alturas poco van a sorprender, y es que con bandas tan expuestas y desde hace tanto tiempo, el factor sorpresa queda muy diluido. Pero gusta ver que trabajan a cada paso que dan y que de cuando en cuando, dejan discos especiales dentro de su extensa colección. Letargo es uno de ellos.

 

* os dejo una entrevista rápida que les hice y que contestó Antonio Bernardini, acompañado por un tímido Manu Reyes.

Cabezalí: Devoción por los detalles

@nahúm garcía

@nahúm garcía

Creo sinceramente que existen dos tipos de guitarristas -de los buenos quiero decir, y resumiendo mucho-. El primero entra en la categoría de los jugones, Alberto Marín (Hamlet), o los más jóvenes Jorge Salán y Nacho Mur. Son máquinas que recorren vertiginosamente el mástil, capaces de asombrar con los solos de guitarra más audaces y desconcertantes manteniendo el buen criterio en todo momento. El segundo tipo es igual de necesario, y se basa en un gusto exquisito por sacarle el máximo partido al sonido de su guitarra, un gusto más cercano a la óptica del productor, bien sea por las texturas, por los acordes, por el volumen… en definitiva, por elevar al infinito las posibilidades que te pueden dar las seis cuerdas. Dentro de este grupo, Manu Cabezalí (cerebro de Havalina) es uno de los máximos exponentes del panorama patrio y afortunadamente profeta en su tierra.

No es profeta porque el éxito le acose nada más salir de su lujosa mansión -que no es tal-, sino porque cuenta con el aplauso de los compañeros de su generación, que es más importante. Que coetáneos tan aclamados como Vetusta Morla, Julio de la Rosa, Depedro, The Cabriolets o Maika Makovski reconozcan tu labor y te hagan un disco-tributo versionando canciones tuyas, no es cuestión baladí. Que bandas prometedoras como Rufus T. Firefly, Álex Ferreira, Pasajero o His Majesty the King te escojan en sus labores de productor ya apunta la respuesta. Manu tiene atesorados en su cabeza (otra vez el cerebro) numerosos recursos, Manu vale lo que valen la conjunción de sus ideas y el conocimiento técnico para poder plasmarlas. Al frente de Havalina ya le hemos visto crecer en apenas cuatro años (2009-12) y ser capaz de dar forma junto a Javier Couceiro e Ignacio Celma, un sonido heredero de The Cure, Queens of the Stone Age, Kyuss, Black Rebel Motorcycle Club y Joy Division. Tal conjunción les ha puesto al frente del rock alternativo contemporáneo, esa pequeña franja en tierra de nadie, que lucha por sobrevivir dando lecciones soberbias de rock con empaque.

Sin embargo, la cultura musical de Manu bebe de otros manantiales, y muchos de ellos de hijos indirectos de Jeff Buckley. Es es lo que vemos en Pequeño Plateado (Origami Records, 13), su primer disco en solitario, que aunque pueda parecer lo contrario, es una obra mayor. Si hablamos antes de nada de Sufjan Stevens, José González o Mark Kozelek (ex Sun Kil Moon y Red House Painters), el lego recurrirá rápidamente a tachar esta nueva aventura de disco de la nueva ola indie, acústico o incluso folk. ¡Ahhh fuera, fuera! Desecha las comparaciones porque Cabezalí va varios pasos por delante. Ha compuesto por y para una guitarra española. Y se huele en los arpegios, en los acordes ensuciados con una mano que se arrastra cálidamente por los trastes. Ha pensado en una formación clásica. Sólo así se entienden los dos interludios que salpican las otras diez canciones, (La espera y La estancia). Sólo así se entiende que haya querido huir como de la peste del típico songwriter americano. Punto para él.

En esta ocasión se ha desnudado y se ha puesto frente al espejo. No es la primera vez que lo hace, y de hecho bajo una lectura conceptual, estas canciones bien podrían entrar dentro de la discografía de Havalina. Amor felino II, canción que abre el disco, recoge el guante de Compañía Felina (del disco H), y del mismo modo Pequeño y plateado lo hace de Música para peces (H). Por nombrar dos ejemplos. Me da la impresión de que Manu abandona el fuzz de su trabajo con el trío madrileño para que se oiga más alto su mensaje, con la misma parsimonia de siempre, su vieja letanía que se repite eternamente. Es un universo en el que los gatos y los peces son elementos fundamentales dentro de su cosmogonía particular. Representan el hogar, concebido como el lecho conyugal desde donde gravitan las relaciones y los conflictos de la vida, tanto el amor como el deseo sexual, del mismo modo que representa la soledad que sirve de refugio frente al mundo. En este punto Cabezalí siempre me ha parecido contradictorio y cuando le vea se lo preguntaré (sólo él puede cantarle una canción de cuna a una bestia asesina, Nana Para Un Gato Enfermo), porque todo él es melancolía (y ese disco rezuma así por todos sus poros), y sin embargo nunca dejas de atisbar un grito de vida, una llamada al amor. Son arrebatos sinceros de los que Pequeño Plateado está lleno.

Para dar vida a esta versión intimista suya, no ha necesitado de mucho más. Dicen que las buenas canciones con una guitarra o un piano deben bastar para relucir al máximo, y en este caso el adagio se cumple. Su inseparable Dany Richter (El Lado Izquierdo) ha controlado el proceso y Aurora Aroca (violonchelo de Boat Beam) ha volado por encima suavemente, dando la seriedad y gravedad que ciertas composiciones requerían, mientras que bajos, pianos, las percusiones y los sintes (escasos), han corrido de su cuenta. Quizás, el único pero, es que hay demasiadas cosas evidentes como la similitud a José González en algunas canciones, pero que no empañan el conjunto, magnífico. Hoy toca en el Teatro del Arte (San Cosme y San Damián 3, Lavapiés, Madrid), dentro de los ciclos SON de Estrella de Galicia y evidentemente es la mejor recomendación que os puedo hacer.

 

SCR: Sube el volumen al 12

@sergio lópez

@sergio lópez

Por fin se desveló el misterio. Tres jóvenes máquinas del rock madrileño se unieron puntualmente para dar a luz un monstruo de rock explosivo con aroma setentero y el pasado 15 de enero llenaron la sala Siroco para disfrutar entre amigos de su híbrida fusión de Led Zeppelin, Black Sabbath, Wolfmother y Jack White.

Con fuego corriendo por sus venas en vez de sangre y una sabiduría atesorada a lo largo de este medio siglo de buena música, Ekain Elorza, conocido hijo adoptivo de la capital como batería de Dinero y de los vascos Cobra, José Alberto Solís, bajista fajado a las órdenes del Gran Wyoming y sobre todo en Última Experiencia, y un desconocido y jovencísimo Eduardo Molina Goigoux, batería de Pepper & The Stringalings y productor de Sir Vladius Studios, se encerraron en un estudio de grabación a las órdenes de Juan de Dios Martín (Amaral, Deluxe) para parir el sonido del diablo. Rock ‘n’ roll de alto voltaje, super bestia y muy macarra.

Y mentras esperamos su próxima publicación, no quisimos perdernos la ocasión de disfrutar de la magia que destilan estos tres figuras, y comprobar por nosotros mismos si eran capaces de sacar algo bueno sobre el escenario de la mencionada reunión. Porque para los que no era una sorpresa este mega-grupo porque ya estábamos al corriente, no era tanto descubrir si las canciones eran buenas, sino cómo le zurraban encima de unas tablas. «Ruidistas deconstructivos que no pierden el tiempo dando rodeos y que por momentos suenan a un Led Zeppelin despegando con la caldera en brutal combustión», así sentenciaba David Gallardo, mi gran amigo de MERCADEO POP, y yo me sumo a su descripción. El show fue adrenalina pura y las pocas dudas que había antes de empezar el concierto pronto quedaron disipadas.

La primera, que aunque el single Hipnosis que nos han revelado tire a Jack White por los cuatro costados (José es fanático de The Raconteurs y Edu flipa con The White Stripes, doy fe), el sonido del grupo pasa ineluctablemente por Wolfmother. La banda australiana comandada por Andrew Stockdale deslumbró en 2006 con su disco debut, y marcó una senda que actualizaba el rock setentero de Led Zeppelin y Black Sabbath al tiempo que encallecía la ineludible referencia a Jack White. Segundo, ¿cómo se las apañaría Edu a la guitarra y voz? Pues de puta madre, qué cojones, el chaval tiene un futuro prometedor haga lo que haga, con poco que se ponga. No es un portento de voz, pero tiene buen gusto y va afinado, para qué más. Y lo que es más importante, se lo cree. Por eso, y al estar en familia, dio un tanto igual que no se le escuchara del todo bien, que a veces la voz se le ahogara entre el sudor o que se le olvidara pegarse al micro, estaba disfrutando del show y falta mucho de eso hoy en día. El rock de hoy necesita menos formalismos y más corazón, estamos en una época en la que ya no vale el postureo. En el fondo, su fórmula es la que vale. Y finalmente, ¿iban a reventar los oídos como prometieron? Pues el tinitus nos lo llevamos alegremente a casa. Tocaron al 12, a todo rabo, y no petó el sonido por ningún lado, así que chapeau al técnico de sala. Si cuando las cosas funcionan, no hace falta inventar la rueda: Sota, Caballo y Rey (y así desvelaron la última incógnita, la del nombre, SCR).

La velada la completaron Kitai, encargados de abrir el recital, y que acabaron siendo el grato sorpresón de la noche. El cantante es un tío clavado a Ian Curtis (Joy Division) y pretende emular a Matthew Bellamy (Muse) sin ningún sonrojo. El bajista por su parte, le pega como el mismísimo Flea (Red Hot Chili Peppers) y tanto guitarra como batería completan una terna super joven y sobradamente preparada que bebe el indie-rock discotequero de las Islas Británicas o de ramalazos a lo Rage Against The Machine. No es coña, a falta de que pulan un poco su personalidad con el tiempo necesario, estamos ante un grupo revelación en toda regla, y a su paso ganador por el festival-concurso Wolfest lo demostraron. Para terminar la fiesta por todo lo alto, se cerró la noche con una jam session rockera con algunos invitados de lujo que asistieron al show, como Sean (Dinero) o Alvin (Rubén Pozo).

Mientras SCR publican su primer disco (algo me dice que a poco que haya buena química entre público y banda, no será el último), os dejo un set list rockero y añejo para que disfrutéis el día.

 

Flamencos con Picasso

Como clausura del ciclo Cine y Pintura, la Fundación Autor de la SGAE ha organizado el concierto Flamencos con Picasso, en el que Almaría y José Enrique Morente ( Kiki) interpretarán una selección de canciones del último disco Pablo de Málaga, de Enrique Morente, fallecido el 13 de diciembre de 2010 en Madrid. Será el próximo lunes, 1 de abril, a las 20:30 horas, en la Sala Berlanga (C/Andrés Mellado 53) de Madrid -precio, 3 euros-. Almaría y José Enrique Morente ( Kiki) estarán acompañados por Juan Carmona (guitarra), Jorge Fernández (batería), Iván Ruiz Machado (bajo eléctrico) y Juan José Carmona (percusión). Sigue leyendo

Niño y Pistola: “Buscábamos hacer una parábola con la situación actual y plantear el inicio de una revolución”

Tras ser llamados ‘la gran esperanza del pop gallego’ o ‘los gallegos de Liverpool, Niño y Pistola se reinventaron en 2010 acercándose a las raíces americanas. Su nuevo disco no es sino una continuación de un gran estado de forma

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Nine Stories: “A los 20 tienes una rabia que es un exabrupto. A los 30 sigue el enfado, pero con una carga mayor de amargura”

Gran Derby Records actúa de nuevo como paragüas de sus miembros y le da el protagonismo a Nacho Ruiz, de Nine Stories, que nos presenta un segundo trabajo donde más que hablar de la madurez, lo hace sobre el hacerse mayor, que como dice el propio Nacho, no siempre es lo mismo

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