Havalina. Bienvenidos a un universo nuevo y onírico

havalina @ Iris Banegas

FOTO: IRIS BANEGAS

¡Dale al play, que empieza la lección!

 

Hay grupos con los que tienes que abrir los oídos al máximo y sumergirte con cada trabajo que sacan, porque brillan como un faro en la bruma en la que se pierden los demás grupos de su entorno. Havalina pertenece a esta tribu que obligan a seguir su estela porque son capaces de no quedarse en el mismo sitio sino evolucionar para crecer y cada paso que dan abrir nuevas puertas a universos paralelos.

 

Pongámonos un momento en antecedentes. Tras una fase inicial en la que coquetearon con el inglés con Junio (08) abrieron una puerta de transición al castellano que se concretó más adelante en una trilogía demoledora, con Imperfección (09), el magistral Las Hojas Secas (10) y el enérgico H (12), donde con una gran base de stoner, psicodelia pop y rock duro hablaban de relaciones personales, carnales y emocionales, y sobre todo de sus consecuencias. Islas de Cemento (15) dio carpetazo a esa dirección abriendo otra puerta que a día de hoy por lo que vemos en Muerdesombra (17) es más onírica y en la que cobra más fuerza que nunca el universo de Manuel Cabezalí, cantante, guitarrista, compositor y productor de Havalina, amén de su ideólogo y gurú de su generación.

 

Las Hojas Secas significó algo tan grande en la discografía de Havalina que va a ser muy difícil superarlo. El trío es consciente, y por eso no escatima en recursos a la hora de buscar nuevos espacios de creatividad: “La ruptura más grande ha venido al decir no quiero hacer rock, o quiero hacerlo pero no de la manera que veníamos haciendo, sin recurrir al uso del típico riff gordote , con caña… queríamos buscar una épica distinta, intentado que fuera muy intenso, pero de una manera diferente, estamos en otro punto. Para estas canciones, al componerlas intenté no coger la guitarra, sino una línea de bajo, una línea de teclado, un loop de batería y al final metía la guitarra por encima, por eso no hay acordes de guitarra , sino que va dibujando una melodía todo el rato que complementa la voz”, confiesa el cantante.

 

En este nuevo trabajo el maestro Cabezalí se adentra en el mundo de los sueños y dota a sus nuevas criaturas de unos sintetizadores envolventes, siderales y psicodélicos que te envuelven en su ya tradicional épica (Órbitas o Más velocidad), aunque siempre queda lugar a la vitalidad orgánica de sus guitarras (Malditos mamíferos, Alta tormenta I…): “Creo que en los movimientos artísticos hay una cosa que funciona como un péndulo, ahora está aquí y luego para allá. Hace 10 años, cuando yo tocaba con Russian Red, el péndulo estaba mucho en el folk, tocaba el ukelele, el carillón… en Hola a Todo el Mundo lo puedes ver a la perfección, el primer disco fue muy folk y luego el segundo con electrónica… la corriente está ahí, tú luego puedes ir a contracorriente, con la corriente o tu versión, pero de alguna manera estamos todos metidos en esto. Es posible que dentro de cinco años lo busque la gente sea el rock noventero, pero ahora estamos en una revisión de la década de los 80. Lo que pasa es que cada uno tiene una visión diferente de esa década. Mucho es más música de baile, Havalina es como Blade Runner, algo hiperoscuro”, nos comenta Manu al analizar su nuevo trabajo, en el que sale a relucir la gran influencia del cantante, The Cure, más puesta de relieve que nunca y que cuadra perfectamente con esta nueva intencionalidad creativa, sin la urgencia propia de los veintitantos años, y acorde a nuevos problemas existenciales en ese camino que llamamos madurez.

 

Havalina se hayan en la actualidad inmersos en una cruzada, que es la mía y la de muchos otros que aunque seamos minoritarios tenemos grandes cosas que decir. Defienden una libertad creativa total frente a injerencias externas, casi siempre autoimpuestas por los propios músicos en aras de seducir al público y colarse en los festivales del año para tener su momento de gloria. Crear desde otro lugar, creer en una música libre, en algo mucho más auténtico, aunque numéricamente sea inferior porque no siga los dictados de la masa. Por eso apuestan por una potente gira de salas en la que los festivales sean el premio puntual, labrándose un público fiel y un discurso propio frente a lo que imponga la mayoría. Una manera de seguir sembrando para que el futuro sea tan sobresaliente como el presente.

 

Que ni la bruma ni la oscuridad os impidan ver a aquellos que más brillan, por favor.

 

Rufus T. Firefly: “El amor, la naturaleza y el arte hay que defenderlos a muerte”

Rufus T. Firefly @Iris BanegasFOTO: IRIS BANEGAS

 

Acabas de leer a Walt Whitman y te sientes el rey del mundo. Solo, de pie frente a la vasta inmensidad de la naturaleza, extiendes los brazos y gritas hasta que te falla el aliento. No pides nada más, estás en comunión con el cosmos y desde hace mucho tiempo, en paz contigo mismo. Al igual que tú, Rufus T. Firefly se sienten igual de identificados con esa misma tradición poética y presentan en su nuevo disco Magnolia (Lago Naranja Records), un alegato en defensa de un mundo cada día más enfermo, un canto al amor y a la esperanza.

 

Víctor Cabezuelo es uno de los más brillantes tíos de su generación. Tras un aspecto desgarbado y huidizo y un carácter introvertido, se esconde una personalidad de trato afable y lo que más nos interesa, una mente poderosamente creativa que ya nos tiene a muchos enganchados gracias a trabajos como Ø -Conjunto vacío- (12) y Nueve (14) y sus colaboraciones en Mucho o Miss Caffeina entre otros. Y si él es un alumno aventajado de la gran escuela que Havalina y Manu Cabezalí han creado en su entorno, su compañera en la batería, Julia Martín Maestro, ha dado un paso de gigante tanto en las baquetas como en la ilustración y el diseño del álbum, haciendo de este una verdadera delicia para los sentidos (se ve, se escucha, se toca, se huele…).

 

Para quien aún no los tenga ubicados, Rufus T. Firefly pueden presumir de ser una de las más personales adaptaciones de Radiohead que hay en nuestro país, sin olvidarnos de sus constantes miradas a Kurt Cobain o Billy Corgan (Smashing Pumpkins). Sin embargo, con Magnolia abren el espectro en la misma dirección que Tame Impala y aunque siguen adorando a Thom Jorke y los noventa, se lanzan en la estela setentera de George Harrison, Syd Barret o John Bonham desde una óptica muy actual. Pura psicodelia, dream pop, pop sideral o lisérgico, llámalo como quieras, pero el disco de los Rufus es una belleza en defensa de las pocas cosas que aún tienen importancia en esta vida. “Hay que dejar de quejarse de lo mal que va todo. El amor, la naturaleza y el arte hay que defenderlos a muerte y esa es otra forma de pelear. Aunque parezca un discurso muy básico, es que lo estamos descuidando realmente”, explica Víctor sobre el mantra que se repite a lo largo de las canciones de este disco, y que empieza en las relaciones cercanas, protagonistas en última instancia de los textos.

 

Una magnolia significa nobleza de espíritu y pureza, y también amor por la naturaleza. Si los Rufus querían acercarse a ese concepto tan puro, lo han conseguido. La calidez con la que afrontan Magnolia, el groove de la pegada de Julia en la batería, las deliciosas líneas de bajo de Miguel de Lucas (ex Sunday Drivers y Mucho), la manera en la que encapsulan la belleza etérea de Víctor los sintetizadores y teclados de Martí Perarnau IV (Mucho) y Rodrigo Cominero (Sonograma), dan a luz una maravilla sensorial completa bajo la batuta como siempre de su gran valedor, Manu Cabezalí ¿El resultado? Uno de los mejores discos de este año que empieza sin lugar a dudas.

 

Cabezalí: Devoción por los detalles

@nahúm garcía

@nahúm garcía

Creo sinceramente que existen dos tipos de guitarristas -de los buenos quiero decir, y resumiendo mucho-. El primero entra en la categoría de los jugones, Alberto Marín (Hamlet), o los más jóvenes Jorge Salán y Nacho Mur. Son máquinas que recorren vertiginosamente el mástil, capaces de asombrar con los solos de guitarra más audaces y desconcertantes manteniendo el buen criterio en todo momento. El segundo tipo es igual de necesario, y se basa en un gusto exquisito por sacarle el máximo partido al sonido de su guitarra, un gusto más cercano a la óptica del productor, bien sea por las texturas, por los acordes, por el volumen… en definitiva, por elevar al infinito las posibilidades que te pueden dar las seis cuerdas. Dentro de este grupo, Manu Cabezalí (cerebro de Havalina) es uno de los máximos exponentes del panorama patrio y afortunadamente profeta en su tierra.

No es profeta porque el éxito le acose nada más salir de su lujosa mansión -que no es tal-, sino porque cuenta con el aplauso de los compañeros de su generación, que es más importante. Que coetáneos tan aclamados como Vetusta Morla, Julio de la Rosa, Depedro, The Cabriolets o Maika Makovski reconozcan tu labor y te hagan un disco-tributo versionando canciones tuyas, no es cuestión baladí. Que bandas prometedoras como Rufus T. Firefly, Álex Ferreira, Pasajero o His Majesty the King te escojan en sus labores de productor ya apunta la respuesta. Manu tiene atesorados en su cabeza (otra vez el cerebro) numerosos recursos, Manu vale lo que valen la conjunción de sus ideas y el conocimiento técnico para poder plasmarlas. Al frente de Havalina ya le hemos visto crecer en apenas cuatro años (2009-12) y ser capaz de dar forma junto a Javier Couceiro e Ignacio Celma, un sonido heredero de The Cure, Queens of the Stone Age, Kyuss, Black Rebel Motorcycle Club y Joy Division. Tal conjunción les ha puesto al frente del rock alternativo contemporáneo, esa pequeña franja en tierra de nadie, que lucha por sobrevivir dando lecciones soberbias de rock con empaque.

Sin embargo, la cultura musical de Manu bebe de otros manantiales, y muchos de ellos de hijos indirectos de Jeff Buckley. Es es lo que vemos en Pequeño Plateado (Origami Records, 13), su primer disco en solitario, que aunque pueda parecer lo contrario, es una obra mayor. Si hablamos antes de nada de Sufjan Stevens, José González o Mark Kozelek (ex Sun Kil Moon y Red House Painters), el lego recurrirá rápidamente a tachar esta nueva aventura de disco de la nueva ola indie, acústico o incluso folk. ¡Ahhh fuera, fuera! Desecha las comparaciones porque Cabezalí va varios pasos por delante. Ha compuesto por y para una guitarra española. Y se huele en los arpegios, en los acordes ensuciados con una mano que se arrastra cálidamente por los trastes. Ha pensado en una formación clásica. Sólo así se entienden los dos interludios que salpican las otras diez canciones, (La espera y La estancia). Sólo así se entiende que haya querido huir como de la peste del típico songwriter americano. Punto para él.

En esta ocasión se ha desnudado y se ha puesto frente al espejo. No es la primera vez que lo hace, y de hecho bajo una lectura conceptual, estas canciones bien podrían entrar dentro de la discografía de Havalina. Amor felino II, canción que abre el disco, recoge el guante de Compañía Felina (del disco H), y del mismo modo Pequeño y plateado lo hace de Música para peces (H). Por nombrar dos ejemplos. Me da la impresión de que Manu abandona el fuzz de su trabajo con el trío madrileño para que se oiga más alto su mensaje, con la misma parsimonia de siempre, su vieja letanía que se repite eternamente. Es un universo en el que los gatos y los peces son elementos fundamentales dentro de su cosmogonía particular. Representan el hogar, concebido como el lecho conyugal desde donde gravitan las relaciones y los conflictos de la vida, tanto el amor como el deseo sexual, del mismo modo que representa la soledad que sirve de refugio frente al mundo. En este punto Cabezalí siempre me ha parecido contradictorio y cuando le vea se lo preguntaré (sólo él puede cantarle una canción de cuna a una bestia asesina, Nana Para Un Gato Enfermo), porque todo él es melancolía (y ese disco rezuma así por todos sus poros), y sin embargo nunca dejas de atisbar un grito de vida, una llamada al amor. Son arrebatos sinceros de los que Pequeño Plateado está lleno.

Para dar vida a esta versión intimista suya, no ha necesitado de mucho más. Dicen que las buenas canciones con una guitarra o un piano deben bastar para relucir al máximo, y en este caso el adagio se cumple. Su inseparable Dany Richter (El Lado Izquierdo) ha controlado el proceso y Aurora Aroca (violonchelo de Boat Beam) ha volado por encima suavemente, dando la seriedad y gravedad que ciertas composiciones requerían, mientras que bajos, pianos, las percusiones y los sintes (escasos), han corrido de su cuenta. Quizás, el único pero, es que hay demasiadas cosas evidentes como la similitud a José González en algunas canciones, pero que no empañan el conjunto, magnífico. Hoy toca en el Teatro del Arte (San Cosme y San Damián 3, Lavapiés, Madrid), dentro de los ciclos SON de Estrella de Galicia y evidentemente es la mejor recomendación que os puedo hacer.

 

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