51 Grados. El rock que hierve la sangre

51 gradosNecesitamos grupos de rock alternativo, ellos consiguen hacer que nos hierva la sangre. En los tiempos oscuros que vivimos actualmente, con tanta banda de historias políticamente correctas, necesitamos savia fresca que nos remueva. Por fortuna, llega el otoño y el trío madrileño 51 grados no va a permitir que baje la temperatura, sino más bien al contrario. Destino (Entrebotones, 2017) es puro rock americano, con grandes dosis de hard-rock y épica en castellano, una gran arma con la que se atreverán a asaltar esta temporada el cuartel de invierno.

 

51 grados necesitaba un empujón que les lanzara hacia arriba y este ha llegado en forma de matrimonio con Entrebotones, pues la escudería madrileña está sacando lo mejor del trío vallecano. El EP Miedo (Entrebotones / Tricornio Producciones) publicado ya en un lejano 2015 nos dejaba claro el nivel que se gastaba la banda en ese momento, y eso que no era una desconocida para nosotros. La descubrimos en su día con La conjunción de los opuestos (2013), un disco que si bien la ponía en el mapa, no dejaba de ser una carta de presentación. 51 grados, como todas las bandas, necesitaba de alguien que creyera en ella más allá de sus propios miembros y su entorno más cercano, que trabajara en la producción artística y que sacara lo mejor que guardaban dentro. Pues bien, esto ha ocurrido, y el nivel alcanzado corrobora lo exitoso de esta colaboración. Grabado en los Estudios Uno (Leiva, Sabina, Fito…), Carlos Gonzalez (voz y guitarra), Rodrigo Montoro (batería) e Iván Porrero (quien ha sustituido al bajista original Alfonso Berrocal) han confiado en Eduardo Molina III (Idealipsticks, SCR, Playa Cuberris) a los mandos de la producción y junto a las mezclas de Manuel Tomás (productor de Uzzhuaia y La Pulquería, Latin Grammy con Niña Pastori), este ha respondido con un cañón lleno de riffs asesinos de guitarras, una pegada de batería contundente y unas líneas de bajo con mucho groove. Sacar nuevas texturas en la voz es otro logro del que obtendrán abundantes réditos.

 

El éxito de la jugada ha sabido leerse en una dirección bastante inteligente, y es que rehúyen de sonar a disco de los 90. Hay sonido Seattle, rock americano alternativo, algo de garaje escandinavo… pero sin embargo, el sonido siempre presume de ser muy actual, prueba de ello es que sus influencias reconocidas son Queens of the Stone Age, Berri Txarrak, Havalina, Toundra, Oceansize, Porcupine Tree e incluso Uzzhuaia.

 

Antes de verano pudimos escuchar el single de adelanto, Desconexión, un cruce bastardo entre el hard-rock de riffs vertiginosos y el metal melódico de rítmica pegada. Una buena muestra del músculo que puede ofrecernos Destino, este nuevo disco, y quizás un excelente resumen a grandes rasgos de lo que nos vamos a encontrar en él. Del lado hard-rockero cae Estigma, la canción que abre el disco y una de las más potentes; del otro, Redentor, la más metalera del compacto. Entre ellas está el otro gran eje sobre el que gravitará el éxito de este trabajo y es que 51 grados ha trabajado con muy buen gusto los temas más intimistas y lentos del disco. Así, podemos disfrutar de Déjame, una gran balada rockera, de medios tiempos que oscilan entre Objetos perdidos, otra canción que pudimos conocer antes de verano y Cometas con algo más de contundencia.

 

En el orden del disco también han acertado, haciendo de Destino un trabajo dinámico, variado, que ofrece bastantes cambios incluso en la recta final. La canción Destino sube en intensidad mientras sirve para dividir el trabajo en dos partes y darle aire, al tiempo que Soga, cual cara B, recupera la fuerza más rockera del trío. Invencible por su parte tiene unos riffs de guitarra con la firma del productor de la casa Eduardo Molina III; al tiempo que Nueve mundos recupera la esencia más pura de 51 grados ya vista en el single y videoclip. Para terminar, Faro se sumerge muy a su manera en la épica del rock de Biffy Clyro dejando en el conjunto un buen sabor de boca.

 

La proyección de una banda se resume en el salto cualitativo que esta es capaz de dar tanto en un disco como en sus conciertos, es por eso que muchas bandas que están empezando deberían echarle un vistazo al trayecto de 51 grados.

 

Stereozone: metal, grunge y stoner a todo trapo y sin complejos

Stereozone

FOTO: Sandra Massó

Una cosa que la experiencia nos ha enseñado es que todo aquel rock de corte americano que venga de la Comunitat Valenciana tiene que ser escuchado con atención e interés, pues esta gente tiene un toque especial para aplicar fórmulas anglosajonas con mucha personalidad. Rápidamente acuden a la memoria Uzzhuaia (deudores de The Cult), los más efímeros Babylon Rockets (más del rollo Hellacopters), Sweet Little Sisters (el añorado combo femenino a lo Mötley Crüe) o incluso Los Zigarros (los hermanos ex Perros del Boogie de ramalazo stoniano). En una tierra con tanta electrónica y tanta world music, es difícil sobresalir y el que lo hace haciendo rock de tantos quilates, factura discos de primerísimo nivel.

 

Stereozone es un cuarteto de insultante juventud para la calidad con la que afrontan los temas de este nuevo disco y el suyo es un rock metalero de alto voltaje con brillante madurez. Un rápido vistazo por su spotify nos deja como artistas relacionados a Hugonaut, Beef Supreme o Zodiac & Black, todas ellas formaciones de sludge y neo-stoner, a quienes les emparentan el buen estado de forma que hay en este género en la actualidad, pero a quienes no les unen más que quizás el respeto por Mastodon y Black Label Society (Zakk Wylde).

 

Donde está la verdadera gracia de Stereozone y que vuelven a mostrarnos en este nuevo EP que nos entregan, “Rage Warriors IV”, es que son unos (benditos) flipados de los noventa. Un riff te suena a System of a Down, otro a Foo Fighters y si te descuidas oyes ecos hasta de Faith No More y Megadeth. Sin ir más lejos, el reciente single digital que publicaron poco antes de las pasadas Navidades, “Deathproof Man”, nos dejó un gusto exquisito por la voz del malogrado Scott Weiland, frontman icónico de los Stone Temple Pilots y si me apuras también por la de Layne Staley de Alice in Chains, dos grandes referencias vocales evidentísimas.

 

Rage Warriors IV, de portada ochentera, nos presenta una sólida base y una contundente pegada. Ya sólo por contener las canciones “Sucker Punch”, “Bastard” y “Titan” merece la pena meterle un buen repaso. Abren con “Ghost”, idónea para calentar motores con regusto a Soundgarden. Sigue “Sucker Punch”, donde lo parten con ese bajo con tanto grano como aquellos de los míticos de Korn, tan pesados y poderosos, junto con un conseguido riff de guitarra y el quiebro stoner del final. Les siguen el gancho melódico de “Bastard” con el mejor estribillo del EP, y  la emotiva “Titan”, con más espacios y más desarrollos en el contenido. “Brown Eyes”, que mientras musicalmente suena a los Hamlet del álbum negro, el concepto no deja de alejarse del stoner con ecos sureños y del grunge con arrastre que tanto les caracteriza. “Calavera” cierra con un corte de medio tiempo, también muy pesado y stoner, perfecto para poner a Stereozone en una muy buena posición de salida para los tiempos venideros.

Playa Cuberris. La última banda de rock n roll

playa cuberris

 

 

 

 

 

 

 

Estos chavales lo parten. Punto. Fin de la cita. Realmente no se debería tardar mucho más en escribir y explicar si una banda merece una escucha serena y detenida, o si por el contrario, todavía no ha llegado su momento. Pues bien, Playa Cuberris se acaban de ganar ese derecho con la publicación de su segundo trabajo, Entrar a matar (Entrebotones 2017), un disco en el que la manida declaración de intenciones cobra más sentido que nunca.

 

Pongámonos en antecedentes. Los rockeros somos una tribu, rara y no especialmente mayoritaria, pero consecuente y pasional. Y aunque sintamos devoción por los clásicos, necesitamos creer que las nuevas generaciones nos salvarán una vez más de tanta mediocridad musical. No pedimos mucho realmente: Un sonido poderoso, conocer tu instrumento, un buen saber hacer, una actitud coherente y desafiante, por qué no decirlo, y ser capaz de emocionar a tu público.

 

Aquí es donde entra Playa Cuberris, una banda emergente a la que le ha llegado su hora. Con un discurso heredero de los Tequila (70s), Radio Futura (80s), Platero y Tú (90s) o M-Clan (00s), junto con las vivencias de su generación actual, con una devoción claramente manifiesta por los iconos del grunge, Pearl Jam y un buen gusto a la hora de hacer grandes medios tiempos, canciones emocionantes y con empaque, ganan muchos puntos con el cambio de dirección realizado desde su debut, “Bienvenidos a Ningún Lugar” (2013).Aquel año, la formación madrileña produjo junto a su paisano Juan Blas, cantante de Nothink, un trabajo noventero, con aires frescos y desenfadada actitud.

Apenas tres años después “Entrar a matar” les conduce con sobriedad a un lugar donde las ideas claras suelen llevarte al éxito. “El rey de la ciudad”, “Furia nuclear”, “Huracán”, “Grifo y gas” o “Blues de nevera” son la espina dorsal de un sonido evidentemente americano, que en ningún momento cae en la petulancia de lo que conocemos como ‘americana’ sino que encuentra su acomodo en la traducción natural que solemos hacer de ese lenguaje en nuestro país.

 

Muchos asociaréis(-emos) el timbre de voz de Pedro Girón con Carlos Tarque, y bienvenidas sean las comparaciones con el mejor cantante de soul-rock de nuestro país, pero para qué hacer pública nuestra ignorancia, que tampoco nos lleva a buen puerto, no nos quedemos ahí. Tarque es The Faces, es puro Rod Stewart. Si queréis ubicar a Girón acertaréis si lo situáis un poquito más cerca de Eddie Vedder.

 

Más allá, los matices que nos ofrecen en este disco nos atisban la posibilidad de estar ante un grupo con bastantes y buenos recursos sonoros, bien sea por el guiño al indie-rock festivalero de “Luces de Neón”, el sonido actualizado, puro 2000 de “Viejo amigo”, donde es más patente la influencia de su productor Eduardo Molina (SCR, Tomaccos, Idealipsticks), devoto seguidor de la religión de Jack White, bien sea por el corazón fronterizo de “María Isabel” o los fraseos cercanos al funk de “Viernes verdes”. Incluso por las baladas “Locos de atar” y “Quizá”, que nos constatan que es en los tempos más tranquilos donde se aprecia mucho mejor el sonido Pearl Jam.

 

Aquí es donde entra Playa Cuberris, una banda emergente a la que le ha llegado su hora. Con un discurso heredero de los Tequila (70s), Radio Futura (80s), Platero y Tú (90s) o M-Clan (00s), junto con las vivencias de su generación actual, con una devoción claramente manifiesta por los iconos del grunge, Pearl Jam y un buen gusto a la hora de hacer grandes medios tiempos, canciones emocionantes y con empaque, ganan muchos puntos con el cambio de dirección realizado desde su debut, “Bienvenidos a Ningún Lugar” (2013). Aquel año, la formación madrileña produjo junto a su paisano Juan Blas, cantante de Nothink, un trabajo noventero, con aires frescos y desenfadada actitud.

Apenas tres años después “Entrar a matar” les conduce con sobriedad a un lugar donde las ideas claras suelen llevarte al éxito. “El rey de la ciudad”, “Furia nuclear”, “Huracán”, “Grifo y gas” o “Blues de nevera” son la espina dorsal de un sonido evidentemente americano, que en ningún momento cae en la petulancia de lo que conocemos como ‘americana’ sino que encuentra su acomodo en la traducción natural que solemos hacer de ese lenguaje en nuestro país.

Muchos asociaréis(-emos) el timbre de voz de Pedro Girón con Carlos Tarque, y bienvenidas sean las comparaciones con el mejor cantante de soul-rock de nuestro país, pero para qué hacer pública nuestra ignorancia, que tampoco nos lleva a buen puerto, no nos quedemos ahí. Tarque es The Faces, es puro Rod Stewart. Si queréis ubicar a Girón acertaréis si lo situáis un poquito más cerca de Eddie Vedder.

 

Más allá, los matices que nos ofrecen en este disco nos atisban la posibilidad de estar ante un grupo con bastantes y buenos recursos sonoros, bien sea por el guiño al indie-rock festivalero de “Luces de Neón”, el sonido actualizado, puro 2000 de “Viejo amigo”, donde es más patente la influencia de su productor Eduardo Molina (SCR, Tomaccos, Idealipsticks), devoto seguidor de la religión de Jack White, bien sea por el corazón fronterizo de “María Isabel” o los fraseos cercanos al funk de “Viernes verdes”. Incluso por las baladas “Locos de atar” y “Quizá”, que nos constatan que es en los tempos más tranquilos donde se aprecia mucho mejor el sonido Pearl Jam.

 

Los recuerdos, la nostalgia y despedida de Mozu

mozuIba a empezar escribiendo que desde 2009 no habíamos escuchado nada nuevo del proyecto de Miguel González ‘Mozu’, pero yo en particular habría mentido. Ya tuve la suerte de escuchar cosas que tenía en su cabeza hace algún tiempo y aunque no llegaron a ver la luz, a mí sí me sirvieron al menos para entender que Mozu siempre ha estado ahí, que no ha parado como seguramente algunos periodistas le preguntarán con motivo de este trabajo, sino que hay cosas que llevan su tiempo, que maceran lentamente, y si ha tocado esperar, pues mejor, porque así disfrutaremos mejor de estas nuevas canciones.

Pero es cierto que hay 6 años de diferencia entre “Ciudadano Zero” (Tricornio Producciones, 09) y que el músculo rockero, la intensidad pop y los ecos post-rock que destilaban canciones como “Bienvenido” o “Ciudadano Zero”, han madurado para mostrarnos a un artista ajado, roto por el tiempo, y con necesidad de volver la vista atrás. Qué gran retrato, ¿verdad? En este mundo que nos rodea donde todos ofrecemos la mejor cara de nosotros mismos, jugando a un juego en el que todos sabemos que la mayor parte es mentira, cuesta entender por qué un artista habla de los fracasos propios, de las direcciones equivocadas o de las amargas separaciones, y quizás por eso me llegue tan de cerca, porque es un tío real.

Miguel Mozu es un superviviente del rock, ha currado de técnico de sala, técnico de directo… no hay lado por donde no se le haya visto trabajando, y aprendiendo. Tras un periplo en el que llegó hasta a vivir en Canadá, Miguel vuelve a instalarse en Madrid con las ideas muy claras de lo que quiere transmitir, con el título de un EP que resume las tres canciones que definen su personaje e incluso su estado vital, con reminiscencias a Ben Harper, Ryan Adams, City and Colour o Ben Howard, pasiones confesas del cantante y compositor y referencias interesantes de este disco.

Abre con “Recuerdos”, una advertencia del precio que siempre hay que pagar, del que todos hemos pagado alguna vez. Sigue con “Nostalgia”, donde nos sitúa en el parque que nos vio un día como punto de fuga para una huida total, para terminar con la agridulce “Despedida” donde parece clamar por el cierre de una etapa importante de su vida en la que tras vivir una larga temporada sin objetivos, llega el momento de dar el salto y de jugar la partida. ¿Quién no se ha sentido alguna vez así?.

Se ha rodeado para la ocasión de dos maestros, Carlos Mirat (Obús, The Lucky Dados…) en la batería, y Manuel Mejías (Extraños en el Paraíso, Pereza) en el bajo, y la fortuna le sonreiría si pudiera contar con ellos sobre los escenarios, pues es garantía de éxito un power trío con esta alineación. Y Damián Lozano vuelve a ejercer de anfitrión en la casa discográfica independiente que nos trae esta nueva referencia que como es tradicional en él vuelve a ver la luz en Creative Commons.

Desde hace un tiempo sólo me interesan los personajes de carne y hueso, los que tienen cosas auténticas y reales que decir, y los que me cuentan cosas que a mí me han pasado con anterioridad. Normal, nos vencen los años, y no siempre tenemos las ganas de aparentar que vivimos en una eterna noche con una larga juventud. Es por eso por lo que artistas como Mozu siempre van a existir, y siempre los vamos a necesitar.

 

“Recuerdos, nostalgia, despedida”.
Tricornio Producciones / Entrebotones, 2015

Kitai, destinada a hacer grandes cosas

kitaiKitai está destinada a hacer grandes cosas. Es su momento y el hambre que tiene de triunfo le puede guiar a buen puerto. ¿Por qué lo creo firmemente? Porque ya lo está haciendo. “Que vienen” es el primer disco en formato larga duración de esta jovencísima banda, y evidentemente su definitiva carta de presentación en sociedad. Sin embargo, para los que llevamos muchas horas de vuelo en esto, no deja de ser un pequeño escalón en una trayectoria brillante trufada de momentos interesantes. No los verás en la típica lista de las bandas de chavales del momento, ni falta que les hace, la suya es la otra liga. La Nuestra. La Liga que premia el tesón, el tocar como jugones y nacer con la vocación de no ser el último hype flor de un día, de esos que tanto abundan.

 

Os pongo en antecedentes. Kitai es un cuarteto que tiene unas ganas locas de comerse el mundo. Sus temas así lo demuestran. Son urgentes, con muchos cambios de recorrido, nada acomodaticios e incluso precipitados, por qué no decirlo. Se llama juventud, amigos, y los que la perdimos hace tiempo, nos lanzamos como tiburones en cuanto olemos algo que rezume libertad, algo que destile energía por los cuatro costados.

 

Su actitud en el escenario es su punto fuerte, sin que decir esto sea el típico tópico. Ver a su batería Deivhook, una suerte de Chad Smith, tan seguro tras los palos y tan personal como en sus divertidas ‘monkey drum cover’, es la mejor garantía de un concierto intenso. El chaval ha sido Zildjian Drummer Love Europe 2012, ahí es nada. A su lado, el bajista Fabio, es el mayor clon de Flea en la manera de tocar a este lado del charco. Si tienes en la base a dos locos de Red Hot Chili Peppers y Rage Against the Machine, estamos hablando de un negocio bastante serio. Las guitarras de Edu rayan entre Muse, Bloc Party y Biffy Clyro, aderezando el conjunto con un toque discotequero indie-rockero tan británico en estos últimos tiempos, y que tan presente está en Kitai. Y para completar una alineación sobresaliente, Álex, un enérgico frontman de procedencia rusa y con un punto de locura, clavado a Ian Curtis (Joy Division) y que pretende emular a Matthew Bellamy (Muse) sin ningún sonrojo.

Le dan al crossover, al metal, al indie-rock e incluso se atreven como medios tiempos y baladas. Tienen ganas de demostrar lo que saben, y es difícil pillarles en un renuncio. Tienen la personalidad y la fuerza suficiente para triunfar en festivales concursos como el Wolfest Gold Challenge 2012, deslumbrar en la Joy Eslava o montar una fiesta permanente en la sala Siroco, ‘Mostaza Club’ en la que han venido dando muestras de su sobrada personalidad mes tras mes junto a bandas amigas y fusiones electrónicas.

 

Ya han publicado “Sur” como single de adelanto de “Que vienen” , brillante muestra de que saben apostar por la canción y primar su contenido. Si no hay canciones que enganchen, olvídate de todo lo anterior. “El enemigo”, “Sientes el golpe” o “Que vienen” ofrecen una sólida base con la que salir a girar, y con la emotiva “Kitai”, un interludio con forma de balada, abren una puerta a nuevas sonoridades e intensidades.

 

Chicos, ahora empieza lo duro. Hasta la fecha los que os conocíamos os hemos tratado como la joven y prometedora formación que eráis, con un punto lógico de cariño y condescendencia. Eso se ha terminado. Si queréis jugar en la liga grande, con todas sus consecuencias, os habéis puesto los pantalones largos de chico mayor. Aquí sólo admitimos a los mejores. No os agobiéis, que por lo pronto, tenéis la oportunidad de demostrar vuestra valía.

 

“Que vienen”.
Tricornio Producciones / Entrebotones, 2015