El rock salva al MadCool de sí mismo

Pearl Jam salvando la caótica primera jornada. Foto de Andrés Iglesias

Se equivocan los que afirman categóricamente que el público asistente acude como rebaño de borregos en masa con tal de formar parte del enésimo timo del rock ‘n’ roll (como dirían los Sex Pistols), sobre todo tras el desenlace fatídico del año pasado o la previsión que ya hacen en las redes sociales respecto al año que viene. O los que crean que las condiciones que reúnen los asistentes al controvertido festival MadCool sean específicamente diferentes a las de otros festivales españoles e internacionales. Entre su clientela hay de todo, como en todos los lados, con hay fauna que seguramente se repite más frecuentemente de lo que muchos quisiéramos; unos van por el sarao, otros por las redes sociales, muchos por apuntarse el must de ver a tal o cual estrella de relumbre, otros por hacerse un circuito veraniego, y también los hay abundantes (entre los que me incluyo) que van porque puede que sea la única oportunidad de ver a sus artistas favoritos sea en su ciudad, en mucho tiempo, o incluso por primera vez en su vida. El compromiso es con la banda, no con el lugar donde toquen; ya sea en salas no acondicionadas sonoramente que las hay, en festivales infames o en giras organizadas lamentablemente, el toma y daca siempre será entre el grupo y sus seguidores.

 

Por otra parte también yerran los que aún dudan del gran problema de credibilidad que tiene en estos momentos MadCool. Tres ediciones en las que lo extramusical ha sobrepasado con creces una oferta de altísima calidad dan para pensar mucho en ello. Da igual quiénes vengan a tocar en un futuro, del mismo modo que dieron igual los que tocaron en esta edición, ni el nombre del festival ni el del Ayuntamiento son sinónimos de calidad en estos momentos, y creo que no hay nadie medianamente inteligente a quien se le escape el detalle. Quizás al visitante que venga del guiri se le pasen desapercibidos los acontecimientos que tan bien han reseñado mis compañeros de agencias David Gallardo en Europa Press y Javier Herrero en EFE o medios afines a Club de Música como Rock Total y Solo Rock, la cuestión ahora es hablar de hasta cuándo la gente va a aguantar este modelo. Mucho se habla de burbuja festivalera, pero esta solo se reconoce como tal en cuanto se pincha y a día de hoy, como bien señala El Confidencial, a lo que asistimos es a una concentración de capitales (como en toda buena crisis que se precie) bien con multinacionales, bien con fondos de inversión entrando en los festivales patrios más destacados. Los clamorosos fallos organizativos que podían haber acabado en tragedia el primer día del MadCool (a todos nos vino a la cabeza el Love Parade de 2010), con inagotables colas bajo el sol de julio, problemas en la conexión wifi, un casi imposible acceso a barras de comida y bebida e ineficiencia a menudo en sus trabajadores, obscenos espacios para el público VIP enfrente de los escenarios, colapso en ciertos tránsitos intra-festival por la distribución de los tablados secundarios y los acoples de sonido producidos entre estos con la impresentable espantada de Massive Attack el segundo día con una falta de información clamorosa, la imposibilidad y demoras en el retorno a la capital una vez acabados los espectáculos… ponen en cuestión el matrimonio Ayuntamiento de Madrid – Organización de MadCool en las actuales condiciones, si el actual contrato entre ambos pretende utilizar el festival como carta de presentación de una de las denominadas ciudad del cambio, en este momento es incongruente. Urge un cambio, y urge ya si de verdad pretende asentarse como festival de referencia en el panorama internacional. Somos consumidores exigentes y el precio desorbitado de las entrada obliga a un mejor servicio.

Un vacío VIP obsceno. Foto de Miguel Rivera (Rock Total)

El caos organizativo fue de dimensiones gigantescas

DE DIVORCIO A SATISFACCIÓN POR LOS ESPECTÁCULOS

Entre todo el caos, hubo una jugada que sí le salió redonda al menos a MadCool, y es la que hace que aun tenga una oportunidad de redimirse de cara al público. El cartel escogido, apostando por cabezas de cartel en su mayor parte provenientes del rock duro, salvó al MadCool de sí mismo y de sus errores. Lo que empezó con un divorcio y un mosqueo monumentales por parte del respetable terminó en su mayor parte con la satisfacción de haber presenciado actuaciones sobresalientes o por lo menos destacadas en artistas que no se prodigan tanto por aquí. Vi pocos grupos en total y es que cada vez disfruto más de un plan concreto, pues sin la necesidad de cubrirlo ni ir acreditado y con las ganas de ver los que me interesaban desde posiciones óptimas, la necesidad de andar tranquilo me aconsejaba desplazamientos desahogados y charlas en el ínterin para luego darlo todo donde había que hacerlo, durante los conciertos, y además me debía varios nombres de los allí presentes por unas u otras razones y había que saldar viejas cuentas pendientes. En esta crónica tampoco quiero aburrir si me gustó más o menos tal o cual porque cada vez me hastía más ser el que recuerda aquella visita del 92 con pesada nostalgia y da la brasa con las batallas del abuelo a sus con-espectadores. Pero sí quiero al menos señalar que si Pearl Jam fue capaz de congregar a tantos seguidores tras más de diez años sin pisar la capital en la primera jornada del festival fue porque como bien dijo Guille Galván, guitarrista de Vetusta Morla, son la E-Street Band del grunge. Una banda obrera del rock con mayúsculas que ha sabido reinventarse con el tiempo manteniendo el tono a pesar de que se note el paso del tiempo en ciertos detalles. Brillaron en intensidad, sobre todo el guitarrista Mike McCready y un Eddie Vedder esforzándose en agradar, llevando la máquina al límite de principio a fin. Da igual que el grunge terminara en el Vitalogy o en el Binaural, su debut Ten es una obra maestra que aún pone la carne de gallina en directo y muchos de los sufridores del caos de acceso dijeron que incluso las casi tres horas de espera entre acceso a parking y recogida de pulseras merecieron la pena con tal de ver a los de Seattle.

Escenario pintón para los Monos Árticos. Foto de David Gallardo (mercadeo pop)

Jack White fue uno de los platos fuertes del segundo día y su propuesta que fusiona de manera revitalizadora el blues y el rock abrasivos. Guiños a sus grupos The Raconteurs y The White Stripes (los más aclamados) así como un buen repaso a su trayectoria en solitario (con la que nunca ha alcanzado el mismo reconocimiento que con sus bandas) bajo un sonido denso e intenso supusieron el tributo a las seis cuerdas que hacen del de Detroit el guitar hero del indie-rock del s. XXI. No es Steve Vai ni Joe Satriani, ni va de ese palo, pero su personalísima conexión con su instrumento, es digna de ver si viene además espoleada por la baterista Carla Azar. Antes de verle, en ese mismo escenario ya había podido pegarme unos bailes al ritmo de At The Drive-In, imprescindible formación de post-hardcore con Cedric Bixler-Zavala voluntarioso. Con el jugón Omar Rodríguez-López más despistado o discreto que de costumbre (o así se me antojó), que tocaran prácticamente todo el Relationship of Command (biblia de la escena) fue una jugada previsible pero agradecida que me dejó extasiado, y es que no hay nada como echarse unos buenos pogos para volver a sentir que tengo 20 años y que estoy en un festival de rock. Fleet Floxes el día anterior, y Kevin Morby, Real State y Snow Patrol esa misma jornada habían sesteado demasiado con sus actuaciones, al menos según mi criterio personal en estas citas, y es que el cuerpo me pide mucho más. Menos mal que mi miedo de que sucediera lo mismo con el nuevo disco de Arctic Monkeys se disipó pronto. Alex Turner sabe lo que se hace, y aunque Tranquility Base Hotel & Casino es un disco que en el fondo (y en la superficie) palidece con las comparaciones con el resto de su obra, su puesta en directo es otro cantar. Cierto que el down-tempo es imperante y que afecta incluso a las canciones antiguas, pero la banda de Sheffield (octeto), aunque a veces se note aburrida de su rol secundario, está pensada para llevar a su líder hacia lo más alto en todo momento, y el cual se agrada ejerciendo como tal, sexy, cool, incluso decadente… cualquier personaje que cree Alex siempre merece la pena ser atendido. Otro concierto épico.

 

BAILA POGO SOBRE LOS PRIVILEGIOS

El último día nos reservó el plato fuerte gracias a sus dos estrellas más potentes, Queens of the Stone Age y Nine Inch Nails. La primera, aunque ya no es la banda imprevisible que medró en el stoner a finales de los 90s, vive una nueva juventud con el sex-appeal bailongo y chulesco de sus dos últimos discos, sobre todo Villains, el actual. Su directo no escatimó en recursos, y la actitud de Josh Homme, arengando a las masas en el celebrado asalto a la zona VIP, le basta y le sobra para comandar su cuarteto. La salvaje Song for the dead, con otro pogo en la zona noble en el que me vine arriba, puso fin a un contundente show que fue de lo mejor del festival. Acto seguido, Nine Inch Nails nos dejó estupefactos con un concierto arriba de principio a fin. Litros de sudor, descarga de luces cegadoras y sonidos industriales a toda pastilla y una emotiva Hurt para cerrar uno de los conciertos más espectaculares que he visto en los últimos tiempos, por la intensidad y la total entrega de Trent Reznor, digna de elogiar.


A partir del minuto 30.15, Josh Homme reclama que abran la zona VIP a todo cristo.

 

Me quedé con ganas de disfrutar de Eels el primer día, pero entre los agobios de los accesos y que me topé con la gigantesca zona VIP desangelada y nosotros los mortales situados a mil kilómetros del escenario hicieron que se me bajara la libido a pesar de lo bien que estaba funcionando en apenas un par de canciones, lo que hizo que me fuera a sentir el calor de Leon Bridges, la jovencísima reencarnación de Sam Cooke. A Tame Impala los sentí intensos pero planos, igual que mis adorados Kasabian y Franz Ferdinand que apostaron por un ritmo demasiado trotón para mi gusto tras darlo todo con Pearl Jam los primeros y Arctic Monkeys los segundos, y en ambos casos se mostraron muy bien cuando recordaron la épica de sus inicios, pero mal con los cambios de ritmo y los sonidos más tranquilos. Igualmente Depeche Mode me parecieron demasiado suaves y previsibles con Dave Gahan y Martin Gore interpretando correctamente su papel (Fletcher como convidado de piedra like always) y el público demasiado impaciente por sus grandes clásicos, y Dua Lipa como el estandarte de un estilo musical de pop comercial que quiere entrar en estos festivales tradicionalmente dominados por el rock y a los que difícilmente veo yo compatibilidad. Tantos unicornios, purpurina y poses en el público me hastían la verdad. Todos estos tocaron en el segundo escenario en importancia, llamado Madrid te abraza y que en el fondo hizo honor a su nombre. Alguien debió olvidar que el grito de guerra de nuestra ciudad ha sido siempre el de Madrid me mata, y al sonido allí le faltó mordiente y mostró bastantes carencias. Gratas y puntuales sorpresas en cambio me llevé con el post-punk borrico de Japandroids, el hard-rock con ecos sureños y de los 70’s de Rival Sons, así como con el estado de forma de Jet aunque terminaran antes de tiempo su actuación, quizás porque iba con pocas expectativas. A pesar de la losa de ser un one-hit-wonder, la escuela australiana de rock nunca defrauda.

Nine Inch Nails lo dieron todo de principio a fin. Foto de Extherminia

En definitiva, el rock se impuso por K.O. técnico en un festival que a día de hoy está en la cuerda floja. Su modelo de negocio genera mucho rechazo (demasiada apuesta por el branding de marcas, la gente snob y las experiencias de usuario extramusicales que a muchos nos sobran), y que utilice como gancho bandas emblemáticas del rock como Pearl Jam, Queens of the Stone Age, Jack White o Nine Inch Nails para asegurarse una potente masa crítica de espectadores, desluce cuando en los puestos medios de la tabla apueste por artistas de otros estilos relegando a una esquina a gente como Alice in Chains que quizás hubieran merecido un trato mejor en horario pues muchos hubiéramos querido disfrutar de ellos y se nos hizo imposible al coincidir con los Monos Árticos. Igual que pasó con los españoles Rufus T. Firefly y Morgan a los que habría que empezar a llevar a escenarios como en el que vimos la actuación de Toundra. Hay que ser más expeditivo en la apuesta por nuestra gente, y no ser tan diletantes. Puestos a soñar, qué bonito sería soñar con un festival que fusionara lo mejor del Mad Cool y lo mejor del Download ya que ambos lo llevan la misma gente. Madrid es exigente y se merece tener un festival de alta categoría, confiemos en que a la cuarta vaya la vencida.

Rubén González

SCR: Sube el volumen al 12

@sergio lópez

@sergio lópez

Por fin se desveló el misterio. Tres jóvenes máquinas del rock madrileño se unieron puntualmente para dar a luz un monstruo de rock explosivo con aroma setentero y el pasado 15 de enero llenaron la sala Siroco para disfrutar entre amigos de su híbrida fusión de Led Zeppelin, Black Sabbath, Wolfmother y Jack White.

Con fuego corriendo por sus venas en vez de sangre y una sabiduría atesorada a lo largo de este medio siglo de buena música, Ekain Elorza, conocido hijo adoptivo de la capital como batería de Dinero y de los vascos Cobra, José Alberto Solís, bajista fajado a las órdenes del Gran Wyoming y sobre todo en Última Experiencia, y un desconocido y jovencísimo Eduardo Molina Goigoux, batería de Pepper & The Stringalings y productor de Sir Vladius Studios, se encerraron en un estudio de grabación a las órdenes de Juan de Dios Martín (Amaral, Deluxe) para parir el sonido del diablo. Rock ‘n’ roll de alto voltaje, super bestia y muy macarra.

Y mentras esperamos su próxima publicación, no quisimos perdernos la ocasión de disfrutar de la magia que destilan estos tres figuras, y comprobar por nosotros mismos si eran capaces de sacar algo bueno sobre el escenario de la mencionada reunión. Porque para los que no era una sorpresa este mega-grupo porque ya estábamos al corriente, no era tanto descubrir si las canciones eran buenas, sino cómo le zurraban encima de unas tablas. “Ruidistas deconstructivos que no pierden el tiempo dando rodeos y que por momentos suenan a un Led Zeppelin despegando con la caldera en brutal combustión”, así sentenciaba David Gallardo, mi gran amigo de MERCADEO POP, y yo me sumo a su descripción. El show fue adrenalina pura y las pocas dudas que había antes de empezar el concierto pronto quedaron disipadas.

La primera, que aunque el single Hipnosis que nos han revelado tire a Jack White por los cuatro costados (José es fanático de The Raconteurs y Edu flipa con The White Stripes, doy fe), el sonido del grupo pasa ineluctablemente por Wolfmother. La banda australiana comandada por Andrew Stockdale deslumbró en 2006 con su disco debut, y marcó una senda que actualizaba el rock setentero de Led Zeppelin y Black Sabbath al tiempo que encallecía la ineludible referencia a Jack White. Segundo, ¿cómo se las apañaría Edu a la guitarra y voz? Pues de puta madre, qué cojones, el chaval tiene un futuro prometedor haga lo que haga, con poco que se ponga. No es un portento de voz, pero tiene buen gusto y va afinado, para qué más. Y lo que es más importante, se lo cree. Por eso, y al estar en familia, dio un tanto igual que no se le escuchara del todo bien, que a veces la voz se le ahogara entre el sudor o que se le olvidara pegarse al micro, estaba disfrutando del show y falta mucho de eso hoy en día. El rock de hoy necesita menos formalismos y más corazón, estamos en una época en la que ya no vale el postureo. En el fondo, su fórmula es la que vale. Y finalmente, ¿iban a reventar los oídos como prometieron? Pues el tinitus nos lo llevamos alegremente a casa. Tocaron al 12, a todo rabo, y no petó el sonido por ningún lado, así que chapeau al técnico de sala. Si cuando las cosas funcionan, no hace falta inventar la rueda: Sota, Caballo y Rey (y así desvelaron la última incógnita, la del nombre, SCR).

La velada la completaron Kitai, encargados de abrir el recital, y que acabaron siendo el grato sorpresón de la noche. El cantante es un tío clavado a Ian Curtis (Joy Division) y pretende emular a Matthew Bellamy (Muse) sin ningún sonrojo. El bajista por su parte, le pega como el mismísimo Flea (Red Hot Chili Peppers) y tanto guitarra como batería completan una terna super joven y sobradamente preparada que bebe el indie-rock discotequero de las Islas Británicas o de ramalazos a lo Rage Against The Machine. No es coña, a falta de que pulan un poco su personalidad con el tiempo necesario, estamos ante un grupo revelación en toda regla, y a su paso ganador por el festival-concurso Wolfest lo demostraron. Para terminar la fiesta por todo lo alto, se cerró la noche con una jam session rockera con algunos invitados de lujo que asistieron al show, como Sean (Dinero) o Alvin (Rubén Pozo).

Mientras SCR publican su primer disco (algo me dice que a poco que haya buena química entre público y banda, no será el último), os dejo un set list rockero y añejo para que disfrutéis el día.