“Agila” de Extremoduro. 20 años del disco que redefinió el rock en español

extremoduro2La historia podría haber sido de otra manera, y podrían haber sucedido muchas otras cosas, en otras vidas, en otras realidades… pero en la que nos tocó vivir, hubo un disco que fuera de toda duda, aunque generó muchos detractores entonces, e incluso hoy en día levantará muchas ampollas en este sentido, definió el rock español a mediados de los años 90. No es que fuera el mejor, ni el más destacado, tampoco es que gustara a todo el mundo ni el que representara a todos. Simplemente hubo un antes y un después de su salida a la calle. Estoy hablando del Agila de Extremoduro (DRO, 23 de febrero de 1996). Tal fue la sacudida que su aparición produjo, que los cimientos de nuestra música rock se vinieron abajo. Comentó en alguna ocasión Jaime Urrutia (Gabinete Caligari) que su generación se vio desbancada por el grunge y hoy estamos en posición de decir que nada más lejos de la realidad, ya que fue el conocido como rock estatal -rock transgresivo en boca de los extremeños- el que tumbó ese rock mainstream que facturaba sus últimos coletazos tras la Movida. A nivel internacional es evidente que sí, que el grunge hizo saltar la banca, e incluso aquí supuso un gran toque de atención, está claro, pero no olvidemos que del 92 al 96 aún triunfaban La Frontera, Siniestro Total, Loquillo & Trogloditas o Los Rebeldes con sus respectivos discos en directo. ¿Qué pasó? Que aquellos ya no eran los años de la Movida, y ni siquiera la época dorada del PSOE. Del querido Profesor Tierno Galván, se había pasado a las baronías de Ibarra o Chávez, nada afines a los nuevos grupos y su lenguaje radical y contestatario (el de los extremeños Extremoduro, Reincidentes o Narco en Sevilla por poner algún ejemplo, o Def Con Dos y Hamlet en Madrid).

 

Por eso, hablar de la historia de la música popular de España, pasa indiscutiblemente por hablar de Roberto Iniesta y su grupo Extremoduro. En lo que a música rock se refiere, quizás estemos hablando de la última banda más influyente que ha dado nuestro país. La afirmación puede parecer excesiva, y a lo mejor parecerá incluso gratuita, pero no olvidemos que el rastreo de los grupos que reconocen o han reconocido en algún momento beber directamente de sus fuentes, es innegable e inagotable. Sin olvidarnos de sus compañeros de viaje como Albert Pla, Reincidentes o Platero y Tú, pasando por sus hijos musicales más cercanos como Marea o La Fuga, hasta fórmulas alejadas del rock transgresivo como Estopa, Melendi y Pereza, y los más comerciales El Canto del Loco, han sido un gran número las bandas que se han visto sacudidas por la lírica de Robe, apócope por el que es conocido. Algo misterioso ha atesorado el cantante que ha calado tanto, hasta el punto de convertirse sin pretenderlo en banda sonara de dos ó tres generaciones.

 

Antes de analizar su figura, y pretender entender por qué gozó de tal aura y magnetismo, conviene contextualizarla un poco. En los 90 se produce un caldo de cultivo perfecto para que el anti-héroe surgido en los 70, contracultural y con una personalidad llena de luces y sombras, resurja en estos tiempos con más fuerza que nunca. En el mundo del cómic, son los años dorados de Cable (Marvel) y Lobo (DC), dos mercenarios cazarrecompensas, violentos y sin escrúpulos. En el cine vemos exactamente lo mismo, el director David Fincher se encumbra con una trilogía irrepetible –Seven (95), The Game (97) y El Club de la Lucha (99)-, y la reflexión de la violencia gratuita de Funny Games (Michael Haneke, 97), y del resurgir neonazi de American History X (Tony Kaye, 98) son notablemente aplaudidas, por señalar sólo algunas cintas. Libros llevados a la gran pantalla también ahondan en las peculiaridades y extravagancias de sus protagonistas, personajes oscuros para un venidero siglo XXI que se presenta cuanto menos enigmático. La propia novela Fight Club de Palahniuk (96), American Psycho (Bret Easton Ellis, 91) o El silencio de los corderos con el oscuro Hannibal Lecter (Harris, 88), encajan bien con la Generación X. Con la revolución de los medios de comunicación (primero la aparición de las televisiones privadas en nuestro país, después la aparición de internet), la violencia se ve retratada en un grado mayor, más descarnada, y aún a pesar de todo, más seductora que antes.

 

Por eso, no es de extrañar que Robe reuniera las aptitudes necesarias para que pudiera germinar una anti-estrella de rock, capaz de llegar al público masivo sin contar apenas con medios de promoción ni presencia en las radios y mucho menos en las teles. Su verbo lírico a la vez que embrutecido, capaz de remontar desde el fango más sucio hasta el cielo más alto, soltando un taco y recitando un poema de amor en una misma frase, dio con la tecla de un nutrido grupo de jóvenes ávidos de sensaciones nuevas. La violencia de sus letras era evidente y el abuso de las drogas creó durante un tiempo una imagen extraña. Tildado peyorativamente de yonki, a la postre encontró en ello un filón paradójico. No era un yonki atractivo como Lou Reed, Iggy Pop o Sid Vicious, era la imagen viva del lumpenproletariado. Pero que de su mente salieran versos tan sublimes como los de la canción Sucede, aquello era un disparo en las mentes de una sociedad cada vez más monocorde, biempensante y aburrida. “Yo me quedé con su olor, ella me arrancó la piel, me dijo justo al final: no quiero volverte a ver. ¡Eh lejos de mí! deja que corra el aire, no te quemes, va a salir el sol. ¡Sol déjame en paz! La luna me ilumina, en esta ruina entra la claridad”.

 

Ese fue el verdadero punto fuerte de Agila. La poesía que se desgranaba a través de sus letras, era tan potente que compaginaba las de Miguel Hernández, Neruda, Antonio Machado y otras de amigos suyos más desconocidos, con la propia sin que hubiera salto cualitativo, si no te lo decían ni te enterabas, si no leías los créditos, no diferenciabas absolutamente nada. La causa-efecto entre el desamor y la inspiración era constante en el disco (como en la canción Todos me dicen). Se demuestra así que una vez más, el amor es el motor que mueve el mundo -o su ausencia, pues en boca del artista no se atisba un remanso de paz-. Se aborda pues, desde un punto de vista casi infantil (So Payaso), haciendo mucho callo (Ábreme el pecho y registra, donde contó con los Ratanera), o incluso con dependencia enfermiza (Buscando una luna). El sexo en crudo también hace su aparición, con todo el romanticismo (Sucede) o sin él, onanista (Prometeo) o en compañía (¡Qué sonrisa tan rara!, cantada junto a Albert Pla), lo que es una tónica en sus canciones, junto con el abuso de las drogas (Tomás, que contó con el teclado del malogrado Reverendo, La Carrera o una versión de Tabletom, Me estoy quitando, con Fito Cabrales de Platero y Tú), siendo una vez más, las claras señas de identidad del cantante. En ese momento vimos a Robe en un momento creativo poderoso, una furia de la naturaleza (Cabezabajo, Correcaminos estate al loro), vimos al mismísimo diablo (El Día de la Bestia).

 

Puede darle las gracias a ese disco. Robe había logrado por fin quitarse el malditismo que le acompañaba desde sus años más caóticos, serenándose una vez afincado en Granada, pudo contar con el tiempo deseado para grabar y lo más importante, pudo tener a su lado a Iñaki Uoho Antón, guitarrista de Platero y Tú, y cuya involucración plena en Extremoduro fue el espaldarazo definitivo para su carrera. Con él formó un tándem mágico donde uno ponía el corazón y el otro la cabeza, dando salida así a un disco mucho menos áspero, más trabajado, y en definitiva, mucho más apto para llegar a todo el mundo, sin perder la coherencia que hasta entonces había guiado sus pasos.

 

Para completar el círculo, le siguió una de las giras más potentes de la época junto a Platero y Tú y que culminó con dos noches en un Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid abarrotado. Fueron unos conciertos apoteósicos. Le pasó a Joe Strummer cuando dejó el rock ‘n’ roll de 101ers y se convirtió al punk con The Clash, después de ver a The Sex Pistols por primera vez, y del mismo modo ocurrió años más tarde cuando Strummer cediera el testigo en Anoeta a bandas como Kortatu o Hertzainak. Hay conciertos míticos que marcan a la generación inmediatamente posterior y el del Palacio de los Deportes de Extremo y Platero fue sin lugar a dudas uno de ellos. Para los que estuvimos allí y para el resto de seguidores que pudieron disfrutar de ese momento único con Iros todos a tomar por culo, el disco en directo que Robe publicó de aquellas grabaciones en 1997, la magia de dos bandas que se compenetraban como uña y carne fue tan auténtica que por fin asistimos al ansiado relevo generacional. El éxito fue tal, que Extremoduro grabó a partir de ese momento su nombre a fuego en toda una generación, como ocurriera con Nirvana o Sex Pistols con anterioridad, y se convertiría en el mejor reclamo de toda esta nueva corriente. Sería el cabeza de cartel en los festivales Festimad 97 y Monstruos del Rock de Akí III que se celebró en Las Ventas ese mismo año, donde pretendió grabar una segunda parte del disco en directo de la que nunca se supo. No importó, la leyenda se había hecho realidad.