Mad Cool 2017. Un trágico debate sobre ética y responsabilidad

Es famosa la cita de Benjamin Franklin que dice que quien renuncia a su libertad para conseguir algo de seguridad no merece ni la una ni la otra. Creo que está bien traída a este caso porque puede ayudar a poner algo de claridad en relación a lo que desgraciadamente ocurrió este fin de semana en el Mad Cool, con el fallecimiento del reputado acróbata Pedro Aunión, especialista en danza aérea. Todo fue tan rápido, todo fue tan caótico, que no dio tiempo a hacer un sosegado balance ni una pequeña reflexión pausada. En todo este asunto hay un gran debate entre ética y responsabilidades que creo es importante dirimir.

 

Nunca he tenido ningún interés en erigirme en policía de la moral, figura bien explotada por las fuerzas reaccionarias de este país desde tiempos inmemoriales, y mi espíritu y mi conciencia un tanto ácratas me exigen pedir la misma libertad que demando para mí para todos los demás. Es importante recalcar esto en un momento en el que las redes sociales envían a la hoguera a cualquiera de manera inquisitorial; yo me niego a hacerlo. Pero también son un altavoz que no quiero dejar pasar por alto debido a haber sido espectador de un suceso tan grave. Y esta es mi libertad de hacerlo.

 

No me pareció ética la sucesión de acontecimientos y por eso decidí irme en cuanto vi que el concierto de Green Day comenzaba con normalidad y desde la Organización no se informaba absolutamente de nada. Me acerqué a la zona de acceso al foso de fotógrafos para disfrutar del concierto (no vi las imágenes ni sabía nada de lo acontecido en ese momento) y en cuanto llegué vi las vallas, la zona acordonada y pregunté. Como todo el mundo. Mucha gente lo había visto y estaba consternada y hablaba en corrillo de ello. Sabíamos que mucha gente se había ido de allí y estábamos esperando acontecimientos, pero claro, ver como algunos que estaban cerca mía en cuanto sonaron los primeros acordes del espectáculo, salía un conejo gigante animando y aparecía el grupo para tocar, dieron media vuelta y se pusieron a bailar y a beber como si nada, haciéndose sus fotos instagrammers y sus vídeos youtubers con ese trágico decorado, con el cadáver en la ambulancia esperando a que llegara el juez y certificara la defunción al lado, pues mira, me pareció grotesco. No quise participar de lo que me pareció una orgía de capitalismo y barbarie (así lo dije en redes), y me fui del festival a mi casa.

 

Varias cuestiones se han comentado que explicaré lo más brevemente que pueda. Perdón por alargarme:

 

Primera. La decisión de cancelar o no la programación es única y exclusiva de la Organización, y las Fuerzas del Estado y el Ayuntamiento poco tienen que añadir una vez garantizada la seguridad colectiva dentro del recinto –en ningún momento estuvo bajo amenaza, repito, en ningún momento–. En este contexto la Policía está para servir. Que se continúa, se garantiza el servicio, que se desaloja, pues también, lo decide quien monta el acto. No conocemos los detalles de la conversación entre Fuerzas y Organización, y donde seguramente se aconsejarían medidas y evaluarían riesgos en la dirección que vivimos. Lo que sí sabemos que la responsabilidad es de esta última y de nadie más.

 

Segunda. El grupo, de haberse enterado, en sus redes ha dejado bien claro que seguramente hubieran cancelado: “No somos personas sin corazón”, han dicho en un comunicado. En todo momento señalaron que no se les informó del hecho luctuoso lo que les privó de su libertad de actuación. También es bastante probable que alguien del equipo como su road manager o quien fuera sí lo supieran y decidieran ocultarles la información. No sabemos dónde estuvo ese cortafuegos. Hasta ahora la Organización no ha explicado si se consensuó con el entorno de la banda o no, así que damos por válidas las palabras del grupo, se les coartó su libertad de elección.

 

Tercera. Esto nos devuelve al primer punto. Si hubieran cancelado al enterarse (es fácil ocultárselo pero también que haya un desliz) habría que haber desalojado igualmente. Entonces el asunto de la seguridad vuelve al primer plano como argumento principal. Da igual que hubiera supuesto un riesgo, que siempre hay en estos casos. Se tenía que estar preparado. De hecho, sin un plan de evacuación es imposible que te concedan la licencia. El Bernabéu tarda en desalojarse menos de 20 minutos y estamos hablando de un volumen de público similar, así que rebajemos el miedo a desalojar por cuestiones de seguridad. Si no se está preparado para evacuarlo, no se puede hacer un festival. Pero insisto, el Ayuntamiento concedió la licencia, y tras la tragedia del Madrid Arena imagino que andará con los pies de plomo en este asunto. Así que hemos de suponer que había un plan de emergencia correctamente realizado.Y más en la Europa del 2017, con atentados de corte yihadista en este tipo de actos cada dos por tres. Nadie está exento de que pase nada, pero que estar preparado, se estaba preparado.

 

Cuarta. Pero claro, la gente no lo hubiera entendido y se hubiera vuelto loca… Muy mal hecho en responsabilizar a la gente ebria y colocada de las cuestiones de seguridad. Hasta que no se demuestre qué hubiera pasado de haber anunciado los acontecimientos todo lo que hablemos será política-ficción. Lo que sí sabemos, es que el Madrid Arena 2012 fue una vergüenza por faltar todos los responsables públicos y privados a su cometido, y que Festimad 2005 vivió unos graves disturbios tras tres días de sufrir unas condiciones inhumanas en un erial desértico, con torbellinos en la zona de acampada, polvo en suspensión irrespirable, un escenario con graves problemas de seguridad y nada de información, justo lo contrario de lo que ocurría en la idílica fiesta que se vivía en la Caja Mágica (exceptuando la falta de información, en eso sí coincidieron). La gente entonces tenía ira, no falta de empatía ante la muerte en directo de un ser humano. El público merecía saber lo que había pasado para actuar en consecuencia.

 

Quinta. ¿De cuánto dinero estamos hablando si se hubiera cancelado al menos el viernes? Entre actuaciones, patrocinadores, barras… nos vamos a ¿tres millones de euros, cuatro? Estaría muy bien conocer esa cifra para saber de qué estamos hablando en cuestiones pecuniarias. Nos da una visión más clara del conjunto. Entra dentro de lo factible elucubrar que si hubiera sido tras Green Day con la mitad del aforo yéndose a su casa se hubiera tomado otra decisión.

 

Sexta. El actor estaba subcontratado. El tema laboral me parece en este momento un tanto secundario. La precariedad laboral del sector es un asunto que algún día que habrá que afrontar pero hacerlo pasar por aquí me parece ventajista. Ciñámonos a las leyes. Independientemente del tipo del contrato con la Compañía, es obligación de la Organización garantizar la seguridad y salud de los trabajadores así como la vigilancia del mantenimiento de equipos y herramientas de seguridad y ahí la ley es bastante clara. Que la Policía Judicial y los Peritos hagan su trabajo tranquilamente, y ya analizaremos los resultados, accidente o negligencia, no tenemos los datos para poder opinar. Aunque claro, el anuncio de los puestos de trabajo en materia de emergencias y sanidad pidiendo material propio a los postulantes, cuando menos es escalofriante.

 

Séptima. Hubo mucha gente que no se enteró del accidente, y otra mucha que ante la sensación absoluta de normalidad, entendieron que de eso se trataba, así que ante la incredulidad inicial, dieron por hecho que estaba la situación controlada. Acusar de falta de ética a 45.000 personas me parece moralmente igual de reprobable. Cada uno sabrá cómo lo vivió y qué pensó. Yo ahí ni entro ni salgo más que en lo que presencié a mi alrededor. Deberíamos aprender a evitar juzgar tan a la ligera.

 

Octava. Uno de los más graves y perennes conflictos en el sector es confundir artista con industria. The show must go on es lo que hizo El Cigala en Nueva York actuando amargamente tras despedirse de su difunta mujer; chapeau al artista por entender que es el mejor homenaje que le puede hacer y respeto máximo. Lo que pasó en Mad Cool fue otra cosa y es que la rueda de consumo debía continuar pasara lo que pasara.

 

Novena. El homenaje al trabajador fallecido al día siguiente fue a todas luces escaso, inmerecido y en donde ni siquiera nadie salió a dar la cara. Dio la sensación de hacerse deprisa y corriendo, entre los huecos que hubo entre conciertos, sin informar previamente a los asistentes… como si se quisiera que molestara lo menos posible. No tengo en mi cabeza qué debería haber hecho la Organización, pero sí creo que le faltó en todo momento tacto y empatía.

 

Décima. La comunicación fue, ha sido y sigue siendo insuficiente. Y no es cuestión del departamento. La decisión de imponer el silencio como fórmula a día de hoy me parece errónea en cualquier caso y es mi gran crítica al Evento. Empezando por el apagón informativo, el posterior y lamentable primer mensaje pasadas las tres horas, la corrección que hubo del segundo al tercero… a que haya sido por fríos correos electrónicos… No es entendible en modo alguno.

 

Undécima. Mi decisión. Me pareció escalofriante la primera sucesión de acontecimientos y por ello tomé la decisión de salirme del recinto. No tenía ninguna intención de bailar con el cadáver todavía caliente. Y mis compañeros periodistas (con los que compartía la velada) en una u otra manera actuaron igual lo que me enorgullece. Al día siguiente acudí a ver los conciertos y en señal de duelo e indignación hice huelga de consumo. Fue mi opción, ni buena ni mala, simplemente personal. Este año pagué mi entrada y no solicité acreditación porque estoy trabajando intermitentemente por elección familiar y no pensaba cubrirlo, y el año que viene no sé que haré ni en qué condiciones, pero la decisión que tome la asumiré de manera reflexiva y con criterio profesional. No tengo nada en contra de un Festival que ha luchado heróicamente contra una Naturaleza diluviana, y trajo una oferta musical muy atractiva. Simplemente creo que han cometido un gravísimo error al tratar este accidente.

 

Duodécima. Ahora que están tan de moda los politólogos, y que Pablo Iglesias, Alberto Garzón o Íñigo Errejón están todo el día hablando de él, vemos cómo la Superestructura contra la que nos advertía Gramsci existe. El poder no sólo es coercitivo, sino que despliega unos valores dominantes que atañen a toda la sociedad civil (incluidos los culturales) que nos dicen qué está bien y qué está mal. En una sociedad tan nihilista, cínica y descreída como la nuestra, acabamos de tener un desgraciado ejercicio práctico: The show must go on. Si hay un accidente laboral en la construcción al menos ese día se para en toda la línea de trabajo hasta que viene el juez, abre las diligencias pertinentes y levanta el cadáver. Si no se hizo durante el festival fue porque el discurso hegemónico nos traslada a un eterno ‘Show de Truman’ en el que no dejamos de ser sino consumidores, no ciudadanos críticos. Hemos sido conscientes en directo de que el espectáculo continúa sin nosotros, no valemos gran cosa.

 

Decimotercera. Todos los días muere gente. No pienso ni comentar el grado de cinismo (cuñadismo lo llamamos ahora) al respecto. Vivir en directo una muerte durante un espectáculo y que no me importe puede entrar dentro de la sociopatía. Lo que cada uno haga por cambiar el mundo no entra en este debate. De todos modos, queda confirmado, tenemos la sociedad que nos merecemos.

 

Décimocuarta. No creo que haya que quemar en la hoguera absolutamente a nadie. Este festival ha actuado de una manera, y me da la impresión que así habrían hecho prácticamente todos los demás en la misma situación, así que no quiero ejercer de Juez, Jurado ni Verdugo, ni creo que nadie deba hacerlo. Yo hubiera cancelado el viernes y arrancado el sábado tras un homenaje bonito. Pero es mi opinión, afortunadamente solo soy responsable de mi actuación ética, y el mal trago, que me consta que vivieron dentro, lo tuvieron que tomar ellos. No lo hicieron así y me fui porque no quería participar de su decisión. La ética es esto, cada uno toma las decisiones que quiera y si hay que exigir responsabilidades por mala praxis, que se haga en el campo que le corresponde, en el de la Justicia, no en de los valores.

 

Mi intención no es hacer sangre, lo pasado ya ha pasado y acertada o equivocadamente cada uno ha tomado sus decisiones. Estamos viviendo unos tiempos en los que no sólo asistimos a una burbuja de festivales que más pronto que tarde explotará por algún lado, también estamos asistiendo a un cambio de modelo en el que la música y los conciertos han dejado de ser los protagonistas absolutos en detrimento de la experiencia del usuario y su consumo que ahora cotiza al alza. Hablar de capitalismo no es hablar de unos señores oscuros contando billetes. Vivimos en una sociedad en la que vales lo que tienes y no lo que eres, y no, no me gusta.

 

Si este año hacemos como si nada, ya sabemos a qué atenernos en un futuro, en este festival, y en cualquier otro. No quiero una pelea sino un debate que nos re-conciencie. Quiero un mañana para los Festivales con mejores condiciones laborales para todos, con más seguridad si cabe, en el que la línea roja sea la vida humana y que a nadie le extrañe.

 

 

 

* En recuerdo de Pedro Aunión, que murió haciéndonos soñar con las estrellas.

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