Cuando el rock ‘n’ roll se domestica

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Mira que es un tema que me viene a la cabeza de manera frecuente, de manera recurrente le doy vueltas y vueltas, y casi siempre termino llegando a la misma conclusión. El gran problema del rock es que se ha vuelto demasiado previsible.

El rock surgió de la mano de la primera generación post-II Guerra Mundial, harta del aburrimiento de la moral imperante tras el gran conflicto bélico. El primer golpe fue directo a la mandíbula, chicos blancos que bailan como negros. No tardó mucho tiempo en subir la apuesta y convertirse en altavoz de luchas sociales, como el movimiento pacifista contra la Guerra de Vietnam. Por no hablar de la libertad sexual, religiosa, o respecto al uso de drogas. El rock siempre ha sido enemigo público número 1.

Sin embargo, creo que no ha entrado con buen pie en los años 2000. O no ha sabido quitarse aquella etiqueta de friendly rock que grupos como Genesis, Dire Straits o Status Quo le dieron allá por 1985, o más bien porque otros géneros como el hip-hop le han comido la tostada entre los chavales más jóvenes, que evidentemente son los más transgresores de la sociedad.

Esta reflexión me viene a colación del concierto de los Kiss del pasado 22 de junio en el Palacio de los Deportes. El Gran Circo del Rock ‘n’ Roll volvió a girar una vez más de la mano de Gene Simmons, Paul Stanley, Tommy Thayer y Eric Singer y familias enteras disfrutaron con las caras pintadas de disfraces, fuegos artificiales, luces de colores, grúas y vuelos siderales…

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El concierto pasó el aprobado. David Gallardo, con quien compartí show, nos cuenta en su crónica la magia perenne de grandes éxitos como Lick it up, Love Gun o Black Diamond, amén de los consabidos I was made for loving you baby y Rock and roll all nite en un parque temático del rock excesivo y fiestero. Caras sonrientes en todos los espectadores, algo de cerveza en las entrañas para alegrar el rato y un show digno de ver al menos una vez en la vida, aún sabiendo que sus mejores tiempos ya pasaron. Son unos abuelos y como tantos otros de su generación, están abriendo unas puertas que nunca antes se habían abierto. Son honestos, no engañan a nadie con sus grandes virtudes y sus notables carencias, y por mi parte sabía a lo que iba, desde luego.

Pero me fui con un sabor de boca agridulce. El concierto entró de principio a fin en lo más absolutamente esperable, además de las mismas bromas de siempre. Y que todo el mundo lo viera como normal, incluso como lo esperable en un grupo de estas características, me dejó con el resquemor… que asumamos esto como lo normal, explica perfectamente por qué el rock ha pasado a un segundo plano.

Una semana antes, Dave Grohl, el combativo líder de los Foo Fighters, se cayó del escenario de la localidad sueca de Gotenburgo, y tras decir que seguramente se había roto una pierna al tiempo que pedía perdón por ello, prometió volver para terminar el espectáculo. ¿Que ocurrió al final? Que tocó escayolado sentado en una silla.

El rock no tiene por qué ser sangriento ni mucho menos, pero lo que nunca tiene que ser es de cartón piedra.

 

 

** las fotos son del maestro David Martín Page, respeta su autoría.

www.martinpagefotografia.com
https://instagram.com/martinpagefotografia

 


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