Convivimos 24 horas con Rulo & La Contrabanda

Siempre son fugaces, pasan como algo visto y no visto pero a pesar de todo, el poder compartir un pequeño espacio de tiempo con un músico fuera de su hábitat natural que supone el tándem estudio y directo es lo más realista, atractivo y reconfortante dentro del periodismo musical. Por ello quisimos inmiscuirnos en un día en la vida de Rulo, un caballero, serio y sincero, que tras dejar La Fuga da con su Contrabanda el pistoletazo de salida a un nuevo proyecto, el que le ofrece “nueva vida y ganas en este complicado mundo de la música”, del que ha conocido las mieles del éxito y los sinsabores del “dejar atrás la banda madre y el sueño de mi vida”, fugándose de esa prisión que tan buenos momentos le había dado.
Viajamos hasta su localidad Reinosa (al rincón más profundo, ese que quiso abrirnos y hacer por unas horas nuestro) donde con la tranquilidad que le hace único esperaba en el andén. Sin necesidad de presentaciones después de tantas veces atrás, nos metimos de lleno en la vida de un pueblo de entorno natural, en plenas fiestas de San Mateo, y de gente conocida, cuyo paseo se transformó en un saludo cotidiano a cada momento, como quien va con una estrella del rock de cuyo calificativo ha “huido siempre, soy alguien más conocido de lo normal,  pero como cualquier hijo de vecino”.

UN HIJO DEL PUEBLO
Se para a dar dos besos a su abuela mientras pasea, una vecina pregunta por su disco Señales de Humo (Warner) y de la locura que despierta entre su hija y el resto de vecinos por hacer cola en la puerta de  una tienda con la única ilusión de tener el álbum de un ‘hijo del pueblo’. Fuera de cualquier lujo nos encontramos con todo eso, en unas calles vibrantes de actividad, donde corre un saludo en la floristería, donde un beso se dibuja la altura del puente que nos eleva sobre el río Ebro, ese que nos dice hola como tanta gente por la calle, casetas en medio del paso que invitaban a tomar un delicioso pintxo, acompañados de su inseparable Fito (también dejó La Fuga y entró en La Contrabanda) y de un hiperactivo a la par que cercano Richard…
Poquito a poco la tarde se acerca, mientras anécdotas y antiguos recuerdos son comentados, les puede el ansia “de poder hacer Contrabando con las Señales de Humo que en estos momentos se ven acercándose en el horizonte”. Luego nos quedamos solos para ir al nuevo local de ensayo, “un lugar confortable y amplio, al menos mucho más de lo habitual en estos casos”. Su luz, la disposición y lo cuidado de un espacio en el que los regalos dejan adivinar el buen trato y gusto de la gente que rodea a Rulo, contrabandista de grandes amigos.
Ese músico que te enseña el diseño de un cuidado disco libro, de unas fotos neoyorkinas, “disfruté mucho haciéndolas” y de unos textos y anotaciones “hechas con el corazón en la mano, junto a esa pared, llamada Rincón de los Deseos que nos da calor”, señala mientras con intensidad  abrumadora y sincera, te descubre el amor y el buen trato a la hora de elaborar y dar a luz su pequeño gran trabajo.

BRILLO DE ÉPOCAS PASADAS
Ese regalo que supondrá acercarse a sus vivencias, en las que las Heridas del Rock And Roll “curan de manera gratificante, recordando los sueños del comienzo”, esos que engloban el nombre de su pequeña Ruth y que le hacen dibujar Como a Veces lo Hice Yo, o una Cenicienta cuyo zapato extraviado encontró Rulo para dejar de sentirse Como Venecia sin Agua, y donde las palabras Rock & Roll hacen de Rulo & Ruth una unión, estrella y luna, en un firmamento que vuelve a tener el brillo de épocas pasadas.
Para terminar noche bonita y deliciosa que invita al paseo, ese que lleva a un final de nombre Villa Rosa, en donde un abrazo sirve de despedida, pero sonando a un hasta luego, que volverá a reunirnos pronto, recuperando el espíritu libre y vivo del otro Rulo, el del escenario, igual de sincero pero eterno.

texto y fotos: Miguel Rivera
** Gracias a Warner que lo ha hecho posible

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