Mad Cool 2017. Un trágico debate sobre ética y responsabilidad

Es famosa la cita de Benjamin Franklin que dice que quien renuncia a su libertad para conseguir algo de seguridad no merece ni la una ni la otra. Creo que está bien traída a este caso porque puede ayudar a poner algo de claridad en relación a lo que desgraciadamente ocurrió este fin de semana en el Mad Cool, con el fallecimiento del reputado acróbata Pedro Aunión, especialista en danza aérea. Todo fue tan rápido, todo fue tan caótico, que no dio tiempo a hacer un sosegado balance ni una pequeña reflexión pausada. En todo este asunto hay un gran debate entre ética y responsabilidades que creo es importante dirimir.

 

Nunca he tenido ningún interés en erigirme en policía de la moral, figura bien explotada por las fuerzas reaccionarias de este país desde tiempos inmemoriales, y mi espíritu y mi conciencia un tanto ácratas me exigen pedir la misma libertad que demando para mí para todos los demás. Es importante recalcar esto en un momento en el que las redes sociales envían a la hoguera a cualquiera de manera inquisitorial; yo me niego a hacerlo. Pero también son un altavoz que no quiero dejar pasar por alto debido a haber sido espectador de un suceso tan grave. Y esta es mi libertad de hacerlo.

 

No me pareció ética la sucesión de acontecimientos y por eso decidí irme en cuanto vi que el concierto de Green Day comenzaba con normalidad y desde la Organización no se informaba absolutamente de nada. Me acerqué a la zona de acceso al foso de fotógrafos para disfrutar del concierto (no vi las imágenes ni sabía nada de lo acontecido en ese momento) y en cuanto llegué vi las vallas, la zona acordonada y pregunté. Como todo el mundo. Mucha gente lo había visto y estaba consternada y hablaba en corrillo de ello. Sabíamos que mucha gente se había ido de allí y estábamos esperando acontecimientos, pero claro, ver como algunos que estaban cerca mía en cuanto sonaron los primeros acordes del espectáculo, salía un conejo gigante animando y aparecía el grupo para tocar, dieron media vuelta y se pusieron a bailar y a beber como si nada, haciéndose sus fotos instagrammers y sus vídeos youtubers con ese trágico decorado, con el cadáver en la ambulancia esperando a que llegara el juez y certificara la defunción al lado, pues mira, me pareció grotesco. No quise participar de lo que me pareció una orgía de capitalismo y barbarie (así lo dije en redes), y me fui del festival a mi casa.

 

Varias cuestiones se han comentado que explicaré lo más brevemente que pueda. Perdón por alargarme:

 

Primera. La decisión de cancelar o no la programación es única y exclusiva de la Organización, y las Fuerzas del Estado y el Ayuntamiento poco tienen que añadir una vez garantizada la seguridad colectiva dentro del recinto –en ningún momento estuvo bajo amenaza, repito, en ningún momento–. En este contexto la Policía está para servir. Que se continúa, se garantiza el servicio, que se desaloja, pues también, lo decide quien monta el acto. No conocemos los detalles de la conversación entre Fuerzas y Organización, y donde seguramente se aconsejarían medidas y evaluarían riesgos en la dirección que vivimos. Lo que sí sabemos que la responsabilidad es de esta última y de nadie más.

 

Segunda. El grupo, de haberse enterado, en sus redes ha dejado bien claro que seguramente hubieran cancelado: “No somos personas sin corazón”, han dicho en un comunicado. En todo momento señalaron que no se les informó del hecho luctuoso lo que les privó de su libertad de actuación. También es bastante probable que alguien del equipo como su road manager o quien fuera sí lo supieran y decidieran ocultarles la información. No sabemos dónde estuvo ese cortafuegos. Hasta ahora la Organización no ha explicado si se consensuó con el entorno de la banda o no, así que damos por válidas las palabras del grupo, se les coartó su libertad de elección.

 

Tercera. Esto nos devuelve al primer punto. Si hubieran cancelado al enterarse (es fácil ocultárselo pero también que haya un desliz) habría que haber desalojado igualmente. Entonces el asunto de la seguridad vuelve al primer plano como argumento principal. Da igual que hubiera supuesto un riesgo, que siempre hay en estos casos. Se tenía que estar preparado. De hecho, sin un plan de evacuación es imposible que te concedan la licencia. El Bernabéu tarda en desalojarse menos de 20 minutos y estamos hablando de un volumen de público similar, así que rebajemos el miedo a desalojar por cuestiones de seguridad. Si no se está preparado para evacuarlo, no se puede hacer un festival. Pero insisto, el Ayuntamiento concedió la licencia, y tras la tragedia del Madrid Arena imagino que andará con los pies de plomo en este asunto. Así que hemos de suponer que había un plan de emergencia correctamente realizado.Y más en la Europa del 2017, con atentados de corte yihadista en este tipo de actos cada dos por tres. Nadie está exento de que pase nada, pero que estar preparado, se estaba preparado.

 

Cuarta. Pero claro, la gente no lo hubiera entendido y se hubiera vuelto loca… Muy mal hecho en responsabilizar a la gente ebria y colocada de las cuestiones de seguridad. Hasta que no se demuestre qué hubiera pasado de haber anunciado los acontecimientos todo lo que hablemos será política-ficción. Lo que sí sabemos, es que el Madrid Arena 2012 fue una vergüenza por faltar todos los responsables públicos y privados a su cometido, y que Festimad 2005 vivió unos graves disturbios tras tres días de sufrir unas condiciones inhumanas en un erial desértico, con torbellinos en la zona de acampada, polvo en suspensión irrespirable, un escenario con graves problemas de seguridad y nada de información, justo lo contrario de lo que ocurría en la idílica fiesta que se vivía en la Caja Mágica (exceptuando la falta de información, en eso sí coincidieron). La gente entonces tenía ira, no falta de empatía ante la muerte en directo de un ser humano. El público merecía saber lo que había pasado para actuar en consecuencia.

 

Quinta. ¿De cuánto dinero estamos hablando si se hubiera cancelado al menos el viernes? Entre actuaciones, patrocinadores, barras… nos vamos a ¿tres millones de euros, cuatro? Estaría muy bien conocer esa cifra para saber de qué estamos hablando en cuestiones pecuniarias. Nos da una visión más clara del conjunto. Entra dentro de lo factible elucubrar que si hubiera sido tras Green Day con la mitad del aforo yéndose a su casa se hubiera tomado otra decisión.

 

Sexta. El actor estaba subcontratado. El tema laboral me parece en este momento un tanto secundario. La precariedad laboral del sector es un asunto que algún día que habrá que afrontar pero hacerlo pasar por aquí me parece ventajista. Ciñámonos a las leyes. Independientemente del tipo del contrato con la Compañía, es obligación de la Organización garantizar la seguridad y salud de los trabajadores así como la vigilancia del mantenimiento de equipos y herramientas de seguridad y ahí la ley es bastante clara. Que la Policía Judicial y los Peritos hagan su trabajo tranquilamente, y ya analizaremos los resultados, accidente o negligencia, no tenemos los datos para poder opinar. Aunque claro, el anuncio de los puestos de trabajo en materia de emergencias y sanidad pidiendo material propio a los postulantes, cuando menos es escalofriante.

 

Séptima. Hubo mucha gente que no se enteró del accidente, y otra mucha que ante la sensación absoluta de normalidad, entendieron que de eso se trataba, así que ante la incredulidad inicial, dieron por hecho que estaba la situación controlada. Acusar de falta de ética a 45.000 personas me parece moralmente igual de reprobable. Cada uno sabrá cómo lo vivió y qué pensó. Yo ahí ni entro ni salgo más que en lo que presencié a mi alrededor. Deberíamos aprender a evitar juzgar tan a la ligera.

 

Octava. Uno de los más graves y perennes conflictos en el sector es confundir artista con industria. The show must go on es lo que hizo El Cigala en Nueva York actuando amargamente tras despedirse de su difunta mujer; chapeau al artista por entender que es el mejor homenaje que le puede hacer y respeto máximo. Lo que pasó en Mad Cool fue otra cosa y es que la rueda de consumo debía continuar pasara lo que pasara.

 

Novena. El homenaje al trabajador fallecido al día siguiente fue a todas luces escaso, inmerecido y en donde ni siquiera nadie salió a dar la cara. Dio la sensación de hacerse deprisa y corriendo, entre los huecos que hubo entre conciertos, sin informar previamente a los asistentes… como si se quisiera que molestara lo menos posible. No tengo en mi cabeza qué debería haber hecho la Organización, pero sí creo que le faltó en todo momento tacto y empatía.

 

Décima. La comunicación fue, ha sido y sigue siendo insuficiente. Y no es cuestión del departamento. La decisión de imponer el silencio como fórmula a día de hoy me parece errónea en cualquier caso y es mi gran crítica al Evento. Empezando por el apagón informativo, el posterior y lamentable primer mensaje pasadas las tres horas, la corrección que hubo del segundo al tercero… a que haya sido por fríos correos electrónicos… No es entendible en modo alguno.

 

Undécima. Mi decisión. Me pareció escalofriante la primera sucesión de acontecimientos y por ello tomé la decisión de salirme del recinto. No tenía ninguna intención de bailar con el cadáver todavía caliente. Y mis compañeros periodistas (con los que compartía la velada) en una u otra manera actuaron igual lo que me enorgullece. Al día siguiente acudí a ver los conciertos y en señal de duelo e indignación hice huelga de consumo. Fue mi opción, ni buena ni mala, simplemente personal. Este año pagué mi entrada y no solicité acreditación porque estoy trabajando intermitentemente por elección familiar y no pensaba cubrirlo, y el año que viene no sé que haré ni en qué condiciones, pero la decisión que tome la asumiré de manera reflexiva y con criterio profesional. No tengo nada en contra de un Festival que ha luchado heróicamente contra una Naturaleza diluviana, y trajo una oferta musical muy atractiva. Simplemente creo que han cometido un gravísimo error al tratar este accidente.

 

Duodécima. Ahora que están tan de moda los politólogos, y que Pablo Iglesias, Alberto Garzón o Íñigo Errejón están todo el día hablando de él, vemos cómo la Superestructura contra la que nos advertía Gramsci existe. El poder no sólo es coercitivo, sino que despliega unos valores dominantes que atañen a toda la sociedad civil (incluidos los culturales) que nos dicen qué está bien y qué está mal. En una sociedad tan nihilista, cínica y descreída como la nuestra, acabamos de tener un desgraciado ejercicio práctico: The show must go on. Si hay un accidente laboral en la construcción al menos ese día se para en toda la línea de trabajo hasta que viene el juez, abre las diligencias pertinentes y levanta el cadáver. Si no se hizo durante el festival fue porque el discurso hegemónico nos traslada a un eterno ‘Show de Truman’ en el que no dejamos de ser sino consumidores, no ciudadanos críticos. Hemos sido conscientes en directo de que el espectáculo continúa sin nosotros, no valemos gran cosa.

 

Decimotercera. Todos los días muere gente. No pienso ni comentar el grado de cinismo (cuñadismo lo llamamos ahora) al respecto. Vivir en directo una muerte durante un espectáculo y que no me importe puede entrar dentro de la sociopatía. Lo que cada uno haga por cambiar el mundo no entra en este debate. De todos modos, queda confirmado, tenemos la sociedad que nos merecemos.

 

Décimocuarta. No creo que haya que quemar en la hoguera absolutamente a nadie. Este festival ha actuado de una manera, y me da la impresión que así habrían hecho prácticamente todos los demás en la misma situación, así que no quiero ejercer de Juez, Jurado ni Verdugo, ni creo que nadie deba hacerlo. Yo hubiera cancelado el viernes y arrancado el sábado tras un homenaje bonito. Pero es mi opinión, afortunadamente solo soy responsable de mi actuación ética, y el mal trago, que me consta que vivieron dentro, lo tuvieron que tomar ellos. No lo hicieron así y me fui porque no quería participar de su decisión. La ética es esto, cada uno toma las decisiones que quiera y si hay que exigir responsabilidades por mala praxis, que se haga en el campo que le corresponde, en el de la Justicia, no en de los valores.

 

Mi intención no es hacer sangre, lo pasado ya ha pasado y acertada o equivocadamente cada uno ha tomado sus decisiones. Estamos viviendo unos tiempos en los que no sólo asistimos a una burbuja de festivales que más pronto que tarde explotará por algún lado, también estamos asistiendo a un cambio de modelo en el que la música y los conciertos han dejado de ser los protagonistas absolutos en detrimento de la experiencia del usuario y su consumo que ahora cotiza al alza. Hablar de capitalismo no es hablar de unos señores oscuros contando billetes. Vivimos en una sociedad en la que vales lo que tienes y no lo que eres, y no, no me gusta.

 

Si este año hacemos como si nada, ya sabemos a qué atenernos en un futuro, en este festival, y en cualquier otro. No quiero una pelea sino un debate que nos re-conciencie. Quiero un mañana para los Festivales con mejores condiciones laborales para todos, con más seguridad si cabe, en el que la línea roja sea la vida humana y que a nadie le extrañe.

 

 

 

* En recuerdo de Pedro Aunión, que murió haciéndonos soñar con las estrellas.

El Niño de Elche hace el disco del 2015 para unos periodistas con vocación de epatar

PAM el niño de elche @Alfredo Arias

foto @Alfredo Arias

Por fin se dio a conocer el primer ganador de los Premios Ruido (26-01-16), en la gala surgida de la mano de la recién creada asociación de periodistas musicales en la que me incluyo. La PAM (Periodistas Musicales Asociados) nació hace poco más de un año con vocación de representar los intereses de un colectivo por norma general expuesto a los embates de una industria que se comporta paradójicamente tan veleidosa como conservadora.

Los Premios Ruido han sido su verdadera puesta de gala y mi más sincera enhorabuena tanto a los finalistas como al ganador, El Niño de Elche, que ha asombrado a la crítica con su Voces del Extremo” (editado bajo una licencia Creative Commons, que permite la descarga legal y gratuita aquí), en el que ha sido capaz de conjugar una propuesta inverosímil fusionando flamenco con kraut rock, ambient e incluso new wave, y que tal y como hemos visto, ha sido muy del gusto de los periodistas musicales. Exitazo por lo tanto para la organización ya que la expectación augura grandes tiempos futuros y al artista, ya que esto supondrá un importante aldabonazo en la gira en la que está inmerso.

Ahora bien, me queda una espina clavada sobre cómo se ha desarrollado la votación y veo importante generar debate, ahora que como entidad pública podemos (y debemos) estar sometidos al escrutinio general. He de reconocer que no me gustó ver la lista de finalistas en su día, y así lo expresé en las redes sociales. Independientemente de mis gustos musicales o mi deontología crítica (que creo que mantengo con decencia después de tantos años pues el honor en esta profesión hace que no siempre vayan de la mano una y otra), me soprendió la presencia de ciertos trabajos o artistas que no habían rayado a la altura de otras ocasiones, o que aparecieran cosas que directamente no llegarán nunca al público más allá de los cuatro prescriptores de siempre en medios y festivales del momento.

Me gustaría señalar una evidencia fuera de toda duda, frente a cualquiera que me diga que lo anterior no deja de ser un criterio personal, y  es que con certeza matemática es probablemente imposible que de doce finalistas haya tal abrumadora presencia de artistas provenientes de un entorno indie. En este galardón ha primado de manera general la voluntad de sorprender, de epatar (esa palabra que sólo gustan de emplear los artistas) de manera legítima, pero también cuestionable. Incluso en el caso del ganador El Niño de Elche, en su disco ha priorizado la capacidad de fusión y de arriesgar, más que el pellizco que se le debe presuponer a un artista flamenco (como sí le vimos en su anterior Sí, a Miguel Hernández), en un ejercicio similar al de coger a un alumno de Enrique Morente y llevártelo de jarana con los Pony Bravo. Si añadimos unos tintes políticamente irreverentes pero dentro de los límites correctos como me imagino que Víctor Lenore diría, en un panorama tan aséptico políticamente, hace que su disco tuviera muchas papeletas para salir elegido con estas premisas. Es imposible que un disco tan arriesgado como el de El Niño de Elche, tan audaz, haya suscitado tanto consenso. No entra dentro de lo concebible, y deja al descubierto cierta influenciabilidad sobre lo que aparece en determinados medios que conforman la opinión musical que está en boga. Si saco a colación a Lenore o a Nando Cruz es porque me inclino por sus explicaciones sobre el similar origen, formación y gustos musicales de la tribu periodística.

Que no haya habido otro tipo de discos, provenientes de otras paletas de flamenco, de rock, de hip-hop, de electrónica, de soul, funk o rythm ‘n’ blues… en los semifinalistas tras las votaciones, plasma una ausencia abrumadora que sólo nos deja dos escenarios que me preocupan particularmente. Uno, que los periodistas vinculados a esta escena indie estén demasiado sobrerrepresentados en el colectivo, y dos, que el desconocimiento de la música actual de nuestro país por parte de la prensa musical sea mayor del presuponible. Ambos escenarios son desastrosos para el estado de salud de nuestra industria. No estamos hablando de unos premios dados por un medio con una línea ideológica concreta, no. Nos jugamos el respeto como periodistas musicales.

Ojo, que cada uno es libre de votar lo que quiera, y hacer la música que le venga en gana, mi vocación libertaria no me permite plantearlo de otra manera. Siempre he ido por mi cuenta, me hayan aplaudido o no, así que no soy nadie para predicar lo contrario. Pero es mi obligación como periodista señalar el reto al que se enfrenta la PAM en los próximos años si quiere ser sobrevivir en estos tiempos tan convulsos. Es sintomático de que no haya más tipos de periodistas poniendo el oído en otros sonidos. Una Asociación de Periodistas Musicales debe servir para ayudar a relanzar nuestra profesión, tan maltratada por los últimos tiempos, y esto sólo se hace en términos de decencia tanto económica como deontológica. Tiene que servir para conseguir desde el colectivo hacernos mejores individualmente. Porque sólo con la segunda llegará un día la primera.

 

 

Bombas y pistolas. Historias que anulan lo meramente musical

Las pistolas

La nueva temporada ha comenzado con demasiados sobresaltos ya que no hace ni una semana que nos enteramos del trágico hecho que acabó tristemente con la vida de Javier Fernández, conocido por ser el emblemático Hal 9000, batería de Los Piratas. Para quien no se haya enterado, lo que en un principio parecía un episodio de violencia doméstica en el que la intervención de la Guardia Civil terminó con un disparo que acabó con la vida del batería gallego, desveló posteriormente que padecía de un trastorno mental y que según las indicaciones de la familia del fallecido, le había sido recientemente retirada su medicación. Para añadir más morbo al asunto, dejaba huérfano a un bebé de apenas 2 meses. Decir algo que aporte en estos casos se antoja difícil, cuando lo importante es la gran pérdida para sus familiares y amigos. Cualquier palabra de aliento quedará vacía ante un suceso tan rápido como irracional, que desgraciadamente aparece cuando menos te lo esperas y cambia tu vida para siempre. Vaya de mi parte un respetuoso y caluroso afecto a los que lo están sufriendo.

 

Mientras resuenan “Años 80”, “Promesas que no valen nada” o “Mi coco” en mi cabeza, me rebelo contra una situación que vivimos en límites insospechables, y es soportar cómo el resto de los mortales nos hemos convertido en la peor de las plazas medievales donde la plebe disfrutaba con la violencia ejercida sobre sus congéneres. Independientemente de cual sea el resultado de la investigación, y aunque todo apunte a un fallo en los protocolos de detección. Nunca dejo de pensar en estos casos que con un poco más de prevención, se podría haber resuelto de otro modo. Si el psiquiatra hubiera evaluado de otra manera, si los guardias civiles hubieran actuado con conocimiento del caso… son interrogantes que deberá determinar el juez, a pesar de que no devuelvan la vida malograda, ni que apacigüen la bestia que recorre las redes sociales, sedienta de dar opiniones sin conocimiento de causa. Las críticas al estilo de vida de los músicos basados en tópicos casi siempre exagerados, la férrea adhesión a la actuación de las fuerzas de seguridad de según qué gente, independientemente de si ha sido correcta o no, incluso artículos completamente descontextualizados como este de ABC con sus respectivos comentarios… deberían hacernos pensar que quizás no vamos en la dirección correcta.

 

Al otro lado, quedará la dolorosa despedida de su mujer en las redes sociales como este artículo de Facebook, representativa de las muestras de condolencias de sus allegados, o el bello artículo de mi compañera y amiga Arancha Moreno en su sección de Efe Eme, que intenta romper el telón mediático de acero, nos dejan al menos el poso de que esta vez no ha sido un caso de violencia de género, sino un trágico suceso de malas coincidencias. Por lo menos en nuestra ausencia, que no manchen nuestra memoria.

 

Las bombas

¿Es lícito boicotear a un artista judío? ¿es un caso de anti-semitismo o simplemente es un ejercicio crítico de repulsa a una acción política y colectiva?

En los días previos al pasado 22 de agosto se produjo la gran movida veraniegal. El intento de boicot a la actuación del artista judío estadounidense Matisyahu en el Rototom de Benicàssim, un festival europeo de reggae que preconiza el multiculturalismo y la paz. La idea partió del colectivo activista BDS que defiende el boicot comercial como medida para parar la represión que a juicio de muchos analistas el Estado de Israel está sometiendo al Estado de Palestina, y que aún no ha tenido acceso a la independencia. La organización se movió en lo que parecieron pasos torpes, primero pidiendo al cantante un compromiso con el pueblo palestino y una opinión pública que con razón se negó a dar, ya que fue al único al que se le exigió, para después cancelar su actuación y más tarde aún tener que recular ante la opresión de los medios de comunicación burgueses y el Gobierno español, así como la comunidad judía internacional. Finalmente, el cantante aceptó la nueva invitación y actuó sin mayores problemas.

Para empezar, no se puede olvidar que el racismo en España viene de la mano de algunos políticos mayoritariamente de derechas como el candidato del PP a la Generalitat de Catalunya, Xavier García Albiol y su eslógan “Limpiando Badalona”. La sociedad española no es especialmente racista (id a Francia, Bélgica o Inglaterra y comprobaréis la diferencia) a no ser que la azucen con el miedo al otro. Y que concretamente el anti-semitismo en España es cosa de la minoritaria ultra-derecha filo-nazi, pues el apoyo a Israel es constante en los medios de la caverna mediática de la derecha rancia, tan constante como el anti-imperialismo estadounidense-israelí que se promueve desde círculos de izquierda y que ha sido el caso de la BDS local. Pretender confundir una cosa con otra, es el gran argumento que se utiliza para justificar la barra libre con la que opera Israel y para rehuir las críticas. Tenemos responsabilidades con nuestros actos, y por ello hay que denunciar que Israel sigue potenciando la expansión de los colonos y cualquier mapa en la actualidad se aleja infinito de los dos estados independientes y viables fijados por las Naciones Unidas. Cisjordania no es un territorio en litigio, es suelo palestino. Sin olivos ni tierras, sin agua ni pozos, la vida en las zonas ocupadas no vale nada. No hay futuro bajo las alambradas, los muros, los fusiles y las bombas.

 

Independientemente de que las formas y cómo se ha desarrollado todo este asunto, no dejan de ser un cúmulo de despropósitos, como tan certeramente analiza Javier Ortiz, no debemos alejarnos del verdadero meollo que supone la primera pregunta. Hoy, los occidentales hemos perdido en numerosas ocasiones nuestro derecho a decidir y gobernarnos a nosotros mismos, y por ello nuestra ciudadanía, pero en cambio sí podemos ejercer aún nuestro derecho como usuarios. No consumiendo productos de las tierras ocupadas, rechazando posturas contrarias a la paz como las que ha hecho alguna vez el propio Matisyahu y promoviendo como sociedad un acuerdo justo para las dos partes. De la misma manera que el apartheid en Sudáfrica sólo acabó con la censura total del resto de la comunidad occidental (con la internacional ya contaban), es nuestra responsabilidad evitar las injusticias, y este sería el gran éxito de nuestra generación.

 

Acabo. Otro debate que ha salido a colación y me toca la fibra especialmente por no decir los c… . A nuestro Gobierno se le llena la boca para defender fuera de casa la libertad de expresión, ya sea en este asunto, o en el reciente caso Hebdó. Malditos hipócritas, censores en su país de numerosos artistas por el hecho de opinar diferente. Aunque nunca han sido condenados por jueces, grupos como Soziedad Alkoholika, Berri Txarrak, Los Chikos del Maíz o Fermin Muguruza han sido vetados una y mil veces en nuestro país por sus administraciones públicas y sus lobbies mediáticos. Que la moral caiga siempre del mismo lado no deja de ser una vergüenza que hay que denunciar. Y el propio Muguruza, que es uno de nuestros representantes más internacionales de la cultura jamaicana, ha sido muy activo sobre el caso del estadounidense, y en su Facebook ha dejado claramente su postura acerca de la participación de Matisyahu en el citado festival.

 

Empieza un nuevo curso, con marcado acento social más que musical. No es lo deseable, pero si miramos a otro lado nos convertimos en cómplices. Yo no quiero eso.

 

 

Rubén González