El Niño de Elche hace el disco del 2015 para unos periodistas con vocación de epatar

PAM el niño de elche @Alfredo Arias

foto @Alfredo Arias

Por fin se dio a conocer el primer ganador de los Premios Ruido (26-01-16), en la gala surgida de la mano de la recién creada asociación de periodistas musicales en la que me incluyo. La PAM (Periodistas Musicales Asociados) nació hace poco más de un año con vocación de representar los intereses de un colectivo por norma general expuesto a los embates de una industria que se comporta paradójicamente tan veleidosa como conservadora.

Los Premios Ruido han sido su verdadera puesta de gala y mi más sincera enhorabuena tanto a los finalistas como al ganador, El Niño de Elche, que ha asombrado a la crítica con su Voces del Extremo” (editado bajo una licencia Creative Commons, que permite la descarga legal y gratuita aquí), en el que ha sido capaz de conjugar una propuesta inverosímil fusionando flamenco con kraut rock, ambient e incluso new wave, y que tal y como hemos visto, ha sido muy del gusto de los periodistas musicales. Exitazo por lo tanto para la organización ya que la expectación augura grandes tiempos futuros y al artista, ya que esto supondrá un importante aldabonazo en la gira en la que está inmerso.

Ahora bien, me queda una espina clavada sobre cómo se ha desarrollado la votación y veo importante generar debate, ahora que como entidad pública podemos (y debemos) estar sometidos al escrutinio general. He de reconocer que no me gustó ver la lista de finalistas en su día, y así lo expresé en las redes sociales. Independientemente de mis gustos musicales o mi deontología crítica (que creo que mantengo con decencia después de tantos años pues el honor en esta profesión hace que no siempre vayan de la mano una y otra), me soprendió la presencia de ciertos trabajos o artistas que no habían rayado a la altura de otras ocasiones, o que aparecieran cosas que directamente no llegarán nunca al público más allá de los cuatro prescriptores de siempre en medios y festivales del momento.

Me gustaría señalar una evidencia fuera de toda duda, frente a cualquiera que me diga que lo anterior no deja de ser un criterio personal, y  es que con certeza matemática es probablemente imposible que de doce finalistas haya tal abrumadora presencia de artistas provenientes de un entorno indie. En este galardón ha primado de manera general la voluntad de sorprender, de epatar (esa palabra que sólo gustan de emplear los artistas) de manera legítima, pero también cuestionable. Incluso en el caso del ganador El Niño de Elche, en su disco ha priorizado la capacidad de fusión y de arriesgar, más que el pellizco que se le debe presuponer a un artista flamenco (como sí le vimos en su anterior Sí, a Miguel Hernández), en un ejercicio similar al de coger a un alumno de Enrique Morente y llevártelo de jarana con los Pony Bravo. Si añadimos unos tintes políticamente irreverentes pero dentro de los límites correctos como me imagino que Víctor Lenore diría, en un panorama tan aséptico políticamente, hace que su disco tuviera muchas papeletas para salir elegido con estas premisas. Es imposible que un disco tan arriesgado como el de El Niño de Elche, tan audaz, haya suscitado tanto consenso. No entra dentro de lo concebible, y deja al descubierto cierta influenciabilidad sobre lo que aparece en determinados medios que conforman la opinión musical que está en boga. Si saco a colación a Lenore o a Nando Cruz es porque me inclino por sus explicaciones sobre el similar origen, formación y gustos musicales de la tribu periodística.

Que no haya habido otro tipo de discos, provenientes de otras paletas de flamenco, de rock, de hip-hop, de electrónica, de soul, funk o rythm ‘n’ blues… en los semifinalistas tras las votaciones, plasma una ausencia abrumadora que sólo nos deja dos escenarios que me preocupan particularmente. Uno, que los periodistas vinculados a esta escena indie estén demasiado sobrerrepresentados en el colectivo, y dos, que el desconocimiento de la música actual de nuestro país por parte de la prensa musical sea mayor del presuponible. Ambos escenarios son desastrosos para el estado de salud de nuestra industria. No estamos hablando de unos premios dados por un medio con una línea ideológica concreta, no. Nos jugamos el respeto como periodistas musicales.

Ojo, que cada uno es libre de votar lo que quiera, y hacer la música que le venga en gana, mi vocación libertaria no me permite plantearlo de otra manera. Siempre he ido por mi cuenta, me hayan aplaudido o no, así que no soy nadie para predicar lo contrario. Pero es mi obligación como periodista señalar el reto al que se enfrenta la PAM en los próximos años si quiere ser sobrevivir en estos tiempos tan convulsos. Es sintomático de que no haya más tipos de periodistas poniendo el oído en otros sonidos. Una Asociación de Periodistas Musicales debe servir para ayudar a relanzar nuestra profesión, tan maltratada por los últimos tiempos, y esto sólo se hace en términos de decencia tanto económica como deontológica. Tiene que servir para conseguir desde el colectivo hacernos mejores individualmente. Porque sólo con la segunda llegará un día la primera.

 

 

Bombas y pistolas. Historias que anulan lo meramente musical

Las pistolas

La nueva temporada ha comenzado con demasiados sobresaltos ya que no hace ni una semana que nos enteramos del trágico hecho que acabó tristemente con la vida de Javier Fernández, conocido por ser el emblemático Hal 9000, batería de Los Piratas. Para quien no se haya enterado, lo que en un principio parecía un episodio de violencia doméstica en el que la intervención de la Guardia Civil terminó con un disparo que acabó con la vida del batería gallego, desveló posteriormente que padecía de un trastorno mental y que según las indicaciones de la familia del fallecido, le había sido recientemente retirada su medicación. Para añadir más morbo al asunto, dejaba huérfano a un bebé de apenas 2 meses. Decir algo que aporte en estos casos se antoja difícil, cuando lo importante es la gran pérdida para sus familiares y amigos. Cualquier palabra de aliento quedará vacía ante un suceso tan rápido como irracional, que desgraciadamente aparece cuando menos te lo esperas y cambia tu vida para siempre. Vaya de mi parte un respetuoso y caluroso afecto a los que lo están sufriendo.

 

Mientras resuenan “Años 80”, “Promesas que no valen nada” o “Mi coco” en mi cabeza, me rebelo contra una situación que vivimos en límites insospechables, y es soportar cómo el resto de los mortales nos hemos convertido en la peor de las plazas medievales donde la plebe disfrutaba con la violencia ejercida sobre sus congéneres. Independientemente de cual sea el resultado de la investigación, y aunque todo apunte a un fallo en los protocolos de detección. Nunca dejo de pensar en estos casos que con un poco más de prevención, se podría haber resuelto de otro modo. Si el psiquiatra hubiera evaluado de otra manera, si los guardias civiles hubieran actuado con conocimiento del caso… son interrogantes que deberá determinar el juez, a pesar de que no devuelvan la vida malograda, ni que apacigüen la bestia que recorre las redes sociales, sedienta de dar opiniones sin conocimiento de causa. Las críticas al estilo de vida de los músicos basados en tópicos casi siempre exagerados, la férrea adhesión a la actuación de las fuerzas de seguridad de según qué gente, independientemente de si ha sido correcta o no, incluso artículos completamente descontextualizados como este de ABC con sus respectivos comentarios… deberían hacernos pensar que quizás no vamos en la dirección correcta.

 

Al otro lado, quedará la dolorosa despedida de su mujer en las redes sociales como este artículo de Facebook, representativa de las muestras de condolencias de sus allegados, o el bello artículo de mi compañera y amiga Arancha Moreno en su sección de Efe Eme, que intenta romper el telón mediático de acero, nos dejan al menos el poso de que esta vez no ha sido un caso de violencia de género, sino un trágico suceso de malas coincidencias. Por lo menos en nuestra ausencia, que no manchen nuestra memoria.

 

Las bombas

¿Es lícito boicotear a un artista judío? ¿es un caso de anti-semitismo o simplemente es un ejercicio crítico de repulsa a una acción política y colectiva?

En los días previos al pasado 22 de agosto se produjo la gran movida veraniegal. El intento de boicot a la actuación del artista judío estadounidense Matisyahu en el Rototom de Benicàssim, un festival europeo de reggae que preconiza el multiculturalismo y la paz. La idea partió del colectivo activista BDS que defiende el boicot comercial como medida para parar la represión que a juicio de muchos analistas el Estado de Israel está sometiendo al Estado de Palestina, y que aún no ha tenido acceso a la independencia. La organización se movió en lo que parecieron pasos torpes, primero pidiendo al cantante un compromiso con el pueblo palestino y una opinión pública que con razón se negó a dar, ya que fue al único al que se le exigió, para después cancelar su actuación y más tarde aún tener que recular ante la opresión de los medios de comunicación burgueses y el Gobierno español, así como la comunidad judía internacional. Finalmente, el cantante aceptó la nueva invitación y actuó sin mayores problemas.

Para empezar, no se puede olvidar que el racismo en España viene de la mano de algunos políticos mayoritariamente de derechas como el candidato del PP a la Generalitat de Catalunya, Xavier García Albiol y su eslógan “Limpiando Badalona”. La sociedad española no es especialmente racista (id a Francia, Bélgica o Inglaterra y comprobaréis la diferencia) a no ser que la azucen con el miedo al otro. Y que concretamente el anti-semitismo en España es cosa de la minoritaria ultra-derecha filo-nazi, pues el apoyo a Israel es constante en los medios de la caverna mediática de la derecha rancia, tan constante como el anti-imperialismo estadounidense-israelí que se promueve desde círculos de izquierda y que ha sido el caso de la BDS local. Pretender confundir una cosa con otra, es el gran argumento que se utiliza para justificar la barra libre con la que opera Israel y para rehuir las críticas. Tenemos responsabilidades con nuestros actos, y por ello hay que denunciar que Israel sigue potenciando la expansión de los colonos y cualquier mapa en la actualidad se aleja infinito de los dos estados independientes y viables fijados por las Naciones Unidas. Cisjordania no es un territorio en litigio, es suelo palestino. Sin olivos ni tierras, sin agua ni pozos, la vida en las zonas ocupadas no vale nada. No hay futuro bajo las alambradas, los muros, los fusiles y las bombas.

 

Independientemente de que las formas y cómo se ha desarrollado todo este asunto, no dejan de ser un cúmulo de despropósitos, como tan certeramente analiza Javier Ortiz, no debemos alejarnos del verdadero meollo que supone la primera pregunta. Hoy, los occidentales hemos perdido en numerosas ocasiones nuestro derecho a decidir y gobernarnos a nosotros mismos, y por ello nuestra ciudadanía, pero en cambio sí podemos ejercer aún nuestro derecho como usuarios. No consumiendo productos de las tierras ocupadas, rechazando posturas contrarias a la paz como las que ha hecho alguna vez el propio Matisyahu y promoviendo como sociedad un acuerdo justo para las dos partes. De la misma manera que el apartheid en Sudáfrica sólo acabó con la censura total del resto de la comunidad occidental (con la internacional ya contaban), es nuestra responsabilidad evitar las injusticias, y este sería el gran éxito de nuestra generación.

 

Acabo. Otro debate que ha salido a colación y me toca la fibra especialmente por no decir los c… . A nuestro Gobierno se le llena la boca para defender fuera de casa la libertad de expresión, ya sea en este asunto, o en el reciente caso Hebdó. Malditos hipócritas, censores en su país de numerosos artistas por el hecho de opinar diferente. Aunque nunca han sido condenados por jueces, grupos como Soziedad Alkoholika, Berri Txarrak, Los Chikos del Maíz o Fermin Muguruza han sido vetados una y mil veces en nuestro país por sus administraciones públicas y sus lobbies mediáticos. Que la moral caiga siempre del mismo lado no deja de ser una vergüenza que hay que denunciar. Y el propio Muguruza, que es uno de nuestros representantes más internacionales de la cultura jamaicana, ha sido muy activo sobre el caso del estadounidense, y en su Facebook ha dejado claramente su postura acerca de la participación de Matisyahu en el citado festival.

 

Empieza un nuevo curso, con marcado acento social más que musical. No es lo deseable, pero si miramos a otro lado nos convertimos en cómplices. Yo no quiero eso.

 

 

Rubén González